Un periodista deportivo convierte una obsesión personal —la nostalgia del único equipo invencible en el que jugó de niño— en una investigación de más de una década sobre 1.200 equipos de 37 disciplinas desde 1880.
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Un periodista deportivo convierte una obsesión personal —la nostalgia del único equipo invencible en el que jugó de niño— en una investigación de más de una década sobre 1.200 equipos de 37 disciplinas desde 1880. Tras descartar las listas de aficionados y construir criterios propios, llega a una conclusión inesperada: los conjuntos verdaderamente irrepetibles no comparten muchos rasgos, sino uno solo. Capitanes es el relato de esa búsqueda y de la idea que la corona: la grandeza colectiva depende del carácter de quien lidera desde dentro del vestuario.
Todo empieza con una envidia confesada. El autor entra por primera vez en un vestuario profesional a los veinticinco años, con un cuaderno en el bolsillo y ninguna idea clara de dónde se ha metido, y desde entonces asiste a finales, desfiles y celebraciones desde la posición privilegiada del reportero. Pero cada vez que ve levantar un trofeo siente algo que lo incomoda: celos. Detrás de ese impulso hay un verano de infancia, una temporada perfecta con un equipo de barrio y la convicción, nunca cumplida, de que aquella sensación volvería.
Esa espina se transforma en método. Lo que iba a ser un reportaje sobre las dinastías más talentosas de la historia se convierte en una investigación de casi once años: más de 1.200 equipos revisados, treinta y siete categorías deportivas, archivos que se remontan a la década de 1880, cientos de libros y estudios, entrevistas en una docena larga de ciudades y en aldeas intermedias. El primer obstáculo es más básico de lo que parece: definir qué es un equipo. La respuesta obliga a fijar criterios —un número mínimo de integrantes, entre otros— para que el rendimiento colectivo pese siempre más que el destello de un individuo, y a desconfiar de las clasificaciones populares, viciadas por sesgo de selección y por la costumbre de repetir los mismos nombres de siempre.
El caso que abre el libro funciona como piedra de toque. Londres, noviembre de 1953: Inglaterra recibe en Wembley a una Hungría empobrecida y vigilada por su propia policía secreta, con jugadores bajos, camisetas ajustadas, zapatillas artesanales y numeraciones que no coinciden con sus posiciones. Los apostadores le dan 500 contra 1. El primer gol llega antes del segundo minuto y el partido termina 6-3, con una revancha posterior de 7-1 en Budapest. Lo que parecía torpeza era diseño: velocidad por encima del tamaño, calzado pensado para el desplazamiento lateral, dorsales como señuelo y, sobre todo, un juego fluido que borraba la especialización y obligaba a subordinar los egos. De aquel metraje granulado descienden buena parte de las tácticas del fútbol posterior.
Hungría podría descartarse como una anomalía —el «cisne negro», el «unicornio» que la ciencia aparta de la muestra—, y ahí está el giro del planteamiento: en lugar de eliminar los casos atípicos, el libro los persigue. Si en cada deporte hubo alguna vez un equipo cuyo historial aplasta al de todos los demás, la pregunta interesante es qué comparten esos supervivientes de la estadística. Las explicaciones habituales —el entrenador visionario, el fichaje decisivo, la ideología, el talento acumulado— se van cayendo una a una.
Organizado en tres partes —la construcción de los criterios, el hallazgo del elemento común y el análisis de por qué tantas organizaciones sabotean su propia cultura ganadora—, este es un libro que usa el deporte como materia prima para defender una sola idea, extensible a los negocios, la política, la ciencia o el arte. No es la crónica de un título ni la biografía de una estrella, aunque abunden ambos. Es un argumento sobre el liderazgo poco vistoso, el que no aparece en los carteles, y sobre la clase de carácter que convierte a un grupo de individuos corrientes en algo que nadie sabe cómo detener.