Élcar Alejandro Celeró traslada el cuento de Caperucita Roja a la Venezuela de 2020: una madre que rasca la despensa para armarle un envío a la abuela, una adolescente que no sale de casa sin maquillaje ni datos móviles, y un depredador…
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Élcar Alejandro Celeró traslada el cuento de Caperucita Roja a la Venezuela de 2020: una madre que rasca la despensa para armarle un envío a la abuela, una adolescente que no sale de casa sin maquillaje ni datos móviles, y un depredador que ya no se disfraza de anciana porque le basta con el arma y el carné que lo protege. Entre colas de panadería, pagos por punto, tapabocas y una pensión que no llega a dos dólares, el relato usa la estructura del cuento infantil como pretexto para una crónica satírica del país. La voz narradora es oral, procaz y cómplice; un aparato de notas al pie traduce los venezolanismos para quien mira desde afuera.
Ana ha reunido lo que ha podido —queso duro, harina, arroz, lentejas, café— para mandárselo a su madre, que se quedó sin nada. No puede llevárselo ella misma: el carro lleva más de un año parado, no hay gasolina en el país con las mayores reservas de petróleo del planeta y la agenda no le da. El encargo recae en su hija, la Caperucita de esta versión, que se despierta pasadas las once, exige desayuno y no piensa salir a la calle sin manicura, cejas delineadas y ropa que combine. La caperuza es una sudadera roja; el bosque, una ciudad con horarios restringidos, colas para pagar por punto y un virus que reorganizó la vida de todos.
El trayecto se demora entre encuentros y distracciones. En el camino aparece Moco suelto, un funcionario joven que la conoce de siempre, le ofrece llevarla en moto, se lleva un no y termina acompañándola un rato hasta la panadería. Detrás, sin que ninguno lo advierta, escucha la conversación el Lobo feroz: no un animal, sino el jefe de un colectivo armado que lleva tiempo rondando a la muchacha y que acaba de obtener lo único que le faltaba, la dirección exacta de la abuela.
Con esa información monta un plan que no requiere astucia ni disfraz, solo cómplices, llaves maestras y la certeza de la impunidad. La abuela abre la puerta a un supuesto repartidor; el engaño funciona precisamente porque el delivery se ha vuelto parte de la normalidad. Mientras la nieta sigue caminando con los audífonos puestos y la cabeza clavada en la pantalla, la trampa ya está armada en el cuarto piso del edificio San Andrés.
Lo que sigue es un cruce de tiempos: la llegada de la joven a un apartamento demasiado silencioso, la corazonada de Moco suelto al ver una camioneta que se mueve sola frente al edificio, y una intervención que se resuelve rápido, sin heroísmo limpio y con una violencia que el narrador no maquilla. El desenlace deja un héroe de barrio, una arepada familiar el domingo siguiente y un grupo de amigas más interesadas en subir el suceso a las redes que en entenderlo.
Más que una fábula con moraleja, el texto funciona como retrato en clave de humor negro. El narrador interrumpe la trama para dar cifras —el precio del pollo, el cartón de huevos, una pensión de cuatrocientos mil bolívares frente a un dólar que no para de subir—, se burla de sí mismo por politizar un cuento infantil y vuelve al hilo. Aparecen la brecha generacional, el celular como prótesis, el discurso sobre el cuerpo y la ropa, la desconfianza hacia toda autoridad. Esa desconfianza es tan literal que el autor advierte en sus notas finales que tuvo que inventar el cuerpo policial del relato, porque no encontraba ninguno real al que confiarle el rescate. Las notas al pie que explican cada modismo completan la pieza: son glosario y, a la vez, prolongación del chiste.
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