En un cuarto alquilado de una ciudad salvadoreña, un poeta sin dinero anuncia que se va y no se va. Frente a él está la Hormiga: compañera, cómplice, acreedora de ternura, la única interlocutora de un diálogo que gira sin descanso entre la…
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En un cuarto alquilado de una ciudad salvadoreña, un poeta sin dinero anuncia que se va y no se va. Frente a él está la Hormiga: compañera, cómplice, acreedora de ternura, la única interlocutora de un diálogo que gira sin descanso entre la caricia y el reproche. «En el bosque» abre una novela hecha de fragmentos, voz oral y memoria, donde el amor se representa como un juego infantil —Caperucita y el lobo— que a ratos deja de ser juego. La pobreza, el encierro doméstico y la despedida siempre aplazada componen un retrato íntimo de dos personas que se parecen demasiado para poder separarse.
Todo empieza con una decisión repentina e inexplicable: irse. El narrador, un poeta sin oficio ni dinero, entra al cuarto de doña Gracia —su casera, que lo llama «mijito»— para arreglar una cuenta de cinco meses que no puede pagar. Tartamudea, ofrece un reloj de cinco rubíes y medio como si fuera moneda, y la escena se tuerce: la mujer le toma la mano, descubre que arde en fiebre y lo lleva escaleras arriba. En ese gesto se cuela la madre muerta cuando él tenía ocho años, sembrada en la tierra negra de las estribaciones del Chaparrastique, y la certeza de que ninguna mano ajena la reemplaza. Desde la ventana que da al secadero mira, día tras día, a la Hormiga.
El relato avanza por escenas breves y numeradas, sin las costuras de una trama convencional. Una espera fingida en el Café Latino, ante alguien que se sabe que no llegará. Un cuarto único que es dormitorio, cocina y comedor, partido por un cancel tapizado de fotografías y recortes de periódico: una frontera doméstica que convierte la conversación en llamada de larga distancia entre dos países. Una fotografía sin fecha de la Avenida Carlos Tercero clavada en la pared, por cuyas calles la mujer se va a caminar cuando quiere ausentarse sin salir. Un domingo de cerveza y cubitos de queso, sin pasaje para escapar del barrio, con los zopilotes girando sobre el basurero y la ciudad al fondo, sembrada de postes.
El centro del libro es esa pareja y su lenguaje. Se hablan como animales: perro y perra, lobo y Caperucita, gata, tigre, ave trepadora, hormiga comedora de frutas. El bestiario funciona como refugio y como arma. Cuando el juego se cansa, aparecen las cuentas pendientes —los silencios de él, los llantos de ella, la mujer imaginaria que vendrá a destruirlo todo, la amenaza simétrica de acostarse con otro— y la conversación se vuelve una tragedia antigua donde las lágrimas sustituyen a las palabras. Ella fantasea con quedarse ciega él, con ser su lazarillo y nombrarle el color de los ríos y el temblor de las hojas del maquilishuat; él responde imaginando el empujón en el semáforo o a la orilla del mar. Ternura y crueldad usan exactamente el mismo vocabulario.
La memoria interrumpe sin aviso y trae otra geografía: San Miguel y el hospital San Juan de Dios, las golondrinas derribadas del palo de caimito, el padre Lapuerta que sentaba a los niños en las piernas y repartía pan con miel —recuerdo que la voz corta a media palabra, como si no se atreviera a terminarlo—, el piano de una poetisa hondureña rodando barranco abajo camino a Santa Tecla. La infancia no consuela: confirma que este hombre viene de lejos y no ha llegado a ninguna parte.
La prosa asume por entero el habla salvadoreña, el voseo, la maldición cariñosa y el refrán deformado; prescinde de guiones fiables y de comillas, y deja que el monólogo interior, el diálogo recordado y la queja presente se confundan en el mismo párrafo. El lector no siempre sabe quién habla, y esa indistinción es el argumento: los dos han llegado a ser, como dice ella, el otro yo con distinto nombre y sexo. De ahí que la partida se anuncie una y otra vez —la maleta de cinco libros, dos pares de calcetines, la fotografía de los padres muertos— y no ocurra nunca. Lo que queda es el ensayo de la despedida, repetido hasta volverlo costumbre, y un aullido en la ventana que sirve, dice el narrador, para presentir la existencia.