Tras una noche de fiestas patronales que terminó en sangre y desaparición, Sonia Badía es la única superviviente de un grupo de cinco amigas… y la única que no recuerda nada.
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Tras una noche de fiestas patronales que terminó en sangre y desaparición, Sonia Badía es la única superviviente de un grupo de cinco amigas… y la única que no recuerda nada. Señalada por la prensa del corazón, juzgada por sus compañeros de facultad y protegida a duras penas por su hermano, su regreso a la universidad coincide con la llegada de Jared, un estudiante estadounidense encantador cuyo interés por ella no es casual. «Caperucita», de Monty Brox, reescribe el cuento clásico como un thriller romántico con aroma sobrenatural, donde el bosque, la capucha roja y los colmillos cambian de dueño.
El verano ha terminado y Sonia Badía tiene que volver a clase. Suena sencillo, salvo que su nombre aparece en los rótulos de los programas de tertulia, que en la cafetería de la facultad hay una mesa convertida en altar improvisado de peluches, flores y carteles de «Se busca», y que todo el mundo cree saber lo que ocurrió la noche del veintiuno de junio menos ella.
Aquella noche, cinco amigas se internaron en el bosque artificial contiguo al recinto ferial. No volvió ninguna. No hay cuerpos: solo rastros de sangre, evidencias forenses y una cicatriz en forma de anillo en el dedo anular de Sonia, la única que apareció en un banco del parque y la única que declaró no recordar nada. La amnesia, que debería ser una herida más, se ha convertido en su condena pública: para los platós es una coartada demasiado oportuna; para sus compañeros, motivo suficiente para el empujón «accidental» en la puerta y el murmullo a sus espaldas. Que su exnovio sea un actor de éxito nacional solo garantiza que las cámaras nunca se marchen del todo.
Lucas, su hermano mayor y bombero, la empuja a salir de la cama con la terquedad cariñosa de quien ha visto un verano entero pasar bajo una colcha. Sonia obedece lo justo para no preocuparlo, y decide en menos de un día que jamás volverá a pisar la facultad. Entonces choca —literalmente— con Jared: alto, rubio, recién llegado de Dakota del Norte, con un castellano tropezado que confunde «oyente» con «escuchante» y una sonrisa con hoyuelos que le devuelve, por un rato, la sensación de ser una chica del montón. Jared se ofrece a acompañarla a clase, se cuela en su coche cuando ella intenta huir del asedio televisivo y escucha su relato sin juzgarla.
La novela, sin embargo, no deja al lector en la misma ignorancia que a su protagonista. Muy pronto acompañamos a Jared hasta la «casa hermandad» que comparte con su hermano y un puñado de amigos, y descubrimos que su matrícula, su torpeza idiomática y su encuentro fortuito responden a un plan: alguien necesita averiguar qué recuerda Sonia. Esa asimetría —ella confiando, él fingiendo— sostiene la tensión del libro y le da un filo incómodo a cada gesto tierno. Que Jared reprima el impulso de «morder algunas yugulares» al ver cómo la tratan, que los capítulos se titulen a la manera del cuento y que los ladridos atraviesen la pesadilla recurrente de Sonia dibujan, sin cerrarlo todavía, el contorno sobrenatural del misterio.
Contada en un registro cercano y coloquial, con humor interior y una mirada nada indulgente hacia el circo mediático español, «Caperucita» avanza entre la crónica de una joven linchada por la opinión pública y el relato de iniciación de quien intuye que su propia memoria le esconde algo. El bosque, aquí, no está solo detrás del recinto ferial: está en lo que Sonia no consigue recordar, y en las intenciones de quienes se acercan a ayudarla.