Tras ocho años lejos de su pueblo, Dalia Durán, guitarrista recién graduada de 22 años, vuelve para enfrentarse a una noticia imposible: su amigo de la infancia Carlos Matute está preso por el asesinato de una joven llamada Isabela, y no…
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Tras ocho años lejos de su pueblo, Dalia Durán, guitarrista recién graduada de 22 años, vuelve para enfrentarse a una noticia imposible: su amigo de la infancia Carlos Matute está preso por el asesinato de una joven llamada Isabela, y no piensa declararse culpable ni inocente. En «Capaz de Matar», Beatriz Machado construye una novela de suspenso psicológico donde el enigma no es solo quién mató, sino quién es realmente el acusado.
Hay regresos que no devuelven a nadie al lugar del que se fue. Dalia Durán vuelve a su pueblo natal después de ocho años en Caracas, con un título de música recién obtenido y la expectativa vaga de reencontrarse con una infancia intacta. Lo que encuentra es una casa colonial vencida por el abandono, un vecindario que murmura a su paso y a su mejor amigo tras las rejas, señalado por todos como el único responsable de la muerte de una muchacha a la que ella nunca conoció.
Carlos Matute se ha entregado sin admitir ni negar nada. Su silencio calculado tiene un solo propósito: obligar a que alguien llegue hasta el fondo de lo ocurrido aquel domingo. Y ese alguien, ha decidido él, es Dalia. En la primera visita al penal le entrega un relato inquietante —voces que no cesan dentro de su cabeza, un agotamiento que lo derriba, un encuentro con Isabela que su intuición le anunció de antemano— y la deja con una frase que la perseguirá durante todo el libro: no debe temer si al final descubre que él es el ser más monstruoso de la tierra. La confesión que no llega se sustituye por algo más perturbador: una invitación a juzgarlo.
Dalia se resiste al principio. Nada en su vida la preparó para investigar un crimen, y el hombre que la reclama ya no se parece al niño que una vez la protegió en el patio de la escuela: ahora habla con un desprecio helado de todo el pueblo, de los vecinos, incluso de su propio hermano. Pero al revisar lo que la gente da por sabido, empieza a advertir grietas: detalles descartados, versiones que no encajan, gestos que se contradicen. Cada llamada telefónica que se corta, cada respuesta ensayada, cada herida que nadie quiere explicar la empuja un poco más adentro.
La investigación que emprende es deliberadamente poco ortodoxa. En lugar de rastrear pruebas materiales, Dalia recorre las psicologías de quienes formaron con ella aquella pequeña tropa de la niñez: Joseph, el hermano frágil y devoto que vive encerrado en su propio miedo; Felipa, la amiga de voz susurrada y humores cambiantes que responde cada pregunta con otra pregunta; y el propio Carlos, fuerza física del grupo y ahora acusado. A ellos se suman una abuela recién llegada de otro pueblo, un comisario que resulta ser primo lejano y una comunidad entera que ya dictó su veredicto antes del juicio.
Lo que sostiene la tensión de la novela no es la persecución sino la duda. La narración en primera persona de Dalia deja ver cómo su lucidez se pelea a diario con el agotamiento, la nostalgia y el terror de descubrir una verdad que no podrá desandar. El pueblo pequeño, con su niebla nocturna, sus ventanales oxidados y su terminal convertido en célula caótica de la gran ciudad, funciona menos como escenario que como caja de resonancia de una pregunta íntima: cuánto puede cambiar una persona en ocho años, y cuánto de lo que cambió estuvo siempre ahí.
Entre la intriga policial y el relato de terror psicológico, «Capaz de Matar» avanza por veintinueve capítulos hacia un esclarecimiento que exige de su protagonista algo más que astucia: exige que decida, con las consecuencias a cuestas, en quién todavía es capaz de creer.
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