Relato autobiográfico de un hombre homosexual nacido en el Callao a fines de los años sesenta, que reconstruye desde una ruptura amorosa el mapa entero de su vida: una infancia pobre marcada por el silencio familiar y la violencia, el…
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Relato autobiográfico de un hombre homosexual nacido en el Callao a fines de los años sesenta, que reconstruye desde una ruptura amorosa el mapa entero de su vida: una infancia pobre marcada por el silencio familiar y la violencia, el descubrimiento del deseo en aulas y azoteas, y la terquedad con que persiguió una vocación teatral que nadie en su casa quiso entender. La voz narradora escribe para dejar constancia, no para pedir indulgencia.
El libro se abre con una escena de duelo: alguien se mira al espejo en la misma habitación donde se juró amor eterno y decide que, ya que no queda futuro, al menos quedará el relato. Desde ese presente herido, la narración retrocede hasta el puerto del Callao de finales de los años sesenta, a una calle humilde, una madre que sale al mercado con su canasta, un padre militante y severo, y una casa pobre pero alegre que el robo, la escasez y una partida de trabajo a la selva terminan por enfriar.
En ese barrio, el narrador aprende temprano dos cosas: que no juega como los demás chicos y que hay violencias de las que nadie en casa pregunta. Los apodos del vecindario, las peleas necesarias para sobrevivir cerca de los barracones y los abusos sufridos en la primera infancia componen un fondo del que el texto no hace espectáculo: los enuncia con crudeza y sigue adelante, porque lo que le interesa es cómo, pese a todo, el deseo encontró su forma. La adolescencia trae la complicidad de un amigo confidente, las miradas cruzadas en el colegio, el cine donde se aprendía a escondidas y un primer amor que termina como terminaban entonces esos amores: con una nota, una negación y una boda ajena.
La segunda mitad del recorrido es la del oficio. Contra la voluntad de unos padres que preferían la arquitectura, el narrador se abre paso hasta la escuela de arte dramático, sostenido por trabajos precarios, la ayuda de un tío y la fe de una amiga que lo empuja a su primer casting. El ambiente teatral limeño aparece retratado sin nostalgia: maestros exigentes que predican humildad mientras desprecian a los actores de televisión, compañeros de clases sociales incompatibles unidos por un mismo sueño, envidias, favores y productores que cobran en cuerpos el precio de un papel. En paralelo se abre la vida nocturna de las discotecas de ambiente, único territorio donde era posible bailar y besarse sin disimulo, con sus shows transformistas que funcionaban como himnos colectivos y sus figuras brillantes y averiadas.
Entre esos dos mundos transcurre una educación sentimental hecha de noviazgos de fachada para tranquilizar a la familia, romances que exigen renuncias, una fuga al norte que promete otra vida y dura lo que dura una noticia, y temporadas de prostitución en los parques de Miraflores contadas con vergüenza explícita y sin coartadas. Al fondo, siempre, la misma pregunta: qué habría que hacer para recuperar el afecto de una madre enferma y de un padre convertido en desconocido.
Escrito en primera persona, con oralidad peruana, jerga de época y una mezcla deliberada de lirismo y desparpajo, este es un testimonio que se presenta a sí mismo como libro abierto y como ajuste de cuentas. Los agradecimientos iniciales dejan entrever una escritura hecha a contrarreloj, sostenida por amigos y por el apoyo de quienes financian un tratamiento, lo que tiñe todo el relato de urgencia: quien narra sabe que el tiempo es el material más escaso y decide gastarlo en contar su verdad, aunque parezca inverosímil, aunque incomode, aunque no haya redención al final del capítulo.
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