En enero de 2004, una aldea costera de Sicilia empieza a arder sin causa aparente: primero un televisor, después una buhardilla, después la calma de ciento cincuenta y cuatro vecinos que creían vivir en un lugar donde nunca pasa nada.
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En enero de 2004, una aldea costera de Sicilia empieza a arder sin causa aparente: primero un televisor, después una buhardilla, después la calma de ciento cincuenta y cuatro vecinos que creían vivir en un lugar donde nunca pasa nada. Novelización de los sucesos reales de Canneto de Caronia, la historia sigue a la familia Pezzino, a tres adolescentes que juegan con una Ouija y a un inspector que encuentra en las cenizas temperaturas imposibles de explicar. Entre el expediente técnico y el terror doméstico, una comunidad entera se enfrenta a un fenómeno medible y, sin embargo, completamente desconocido.
Diez millas al norte de Alicudi, dos pescadores que llevan toda la noche sin capturar nada ven cómo una esfera metálica esquiva a dos cazas del ejército y se hunde en el Tirreno. Vuelven a puerto con una historia que nadie va a creer. Dos días después, a pocos kilómetros de allí, en la pedanía de Canneto, un agente de seguros llamado Antonino Pezzino se levanta del sofá para golpear un televisor que ha dejado de funcionar; ese gesto le salva la vida. El aparato empieza a echar humo, las cortinas prenden solas y el sillón donde acababa de estar sentado arde sin que nadie pueda decir por qué.
A partir de ahí, la novela avanza como una investigación que se le va de las manos a todo el mundo. Al día siguiente le toca a la casa de al lado: Bianca, Peppe y Piero han subido a la buhardilla de los Roselló con una vela, un vaso de vino y una tabla de Ouija, convencidos de que algo se quedó en la casa de los Pezzino y de que pueden pedirle que se marche. Lo que ocurre allí arriba deja a una mujer sin los recuerdos de toda una vida y a tres menores sentados en una comisaría de Caronia, intentando explicar lo inexplicable a adultos que solo ven dos incendios en dos casas contiguas en cuarenta y ocho horas.
El inspector Franco Bitelle recoge de entre los restos un amasijo de plástico y estaño fundido y hace las cuentas: el metal burbujea a temperaturas que la madera intacta de alrededor desmiente. No hay acelerantes, no hay olor, no hay decoloración. No hay, sencillamente, una explicación. Frente a él, la versión de una adolescente que jura que la vela se apagó sola antes de que empezara el fuego.
El relato alterna el pulso doméstico de una familia siciliana —la mesa que es sagrada, la madre que ejerce de inspectora antes que cualquier policía, el primer amor a escondidas de dos chavales de catorce y quince años— con el frío procedimiento de bomberos, técnicos y agentes que intentan encajar los hechos en un informe. Esa fricción entre lo íntimo y lo institucional sostiene la tensión: cuanto más se mide el fenómeno, menos se comprende, y cuanto menos se comprende, más difícil resulta seguir durmiendo bajo el mismo techo.
Detrás de la ficción hay un caso documentado. Entre 2004 y 2008, Canneto de Caronia vivió una oleada de incendios espontáneos que obligó a evacuar a toda la población y movilizó a ingenieros, científicos, protección civil, policía y bomberos. El informe entregado al gobierno italiano descartó el fraude y concluyó que el origen era medible pero desconocido. La novela parte de ese vacío —el punto exacto donde la ciencia levanta las manos— y lo llena con nombres, cocinas, discusiones matrimoniales y miedo. Los detalles personales de los protagonistas y algunos personajes están novelados; el desconcierto no.
Una lectura para quien disfruta del terror que no necesita monstruos: basta con que el salón de tu casa deje de obedecer las leyes que creías firmes, y que nadie, ni siquiera los expertos, sepa decirte por qué.