Canek, de Ermilo Abreu Gómez, es una novela breve construida con estampas: escenas de pocas líneas que van dibujando la vida cotidiana de una hacienda yucateca y, en su interior, la figura de Jacinto Canek, el indio maya que acabaría…
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Canek, de Ermilo Abreu Gómez, es una novela breve construida con estampas: escenas de pocas líneas que van dibujando la vida cotidiana de una hacienda yucateca y, en su interior, la figura de Jacinto Canek, el indio maya que acabaría encabezando una rebelión contra el orden colonial. Entre la amistad de Canek con el niño Guy, las historias contadas junto al fogón y la injusticia que asoma en cada gesto doméstico, el libro convierte la memoria de un levantamiento histórico en una fábula despojada, de prosa clara y silencios elocuentes, que deja al lector la tarea de decidir dónde está la justicia.
En una hacienda de Yucatán, el tiempo transcurre en fragmentos. Llueve sobre el patio anegado y Jacinto Canek explica el origen de las aguas con una historia antigua; en la cocina se desgrana maíz y se cuecen bollos de pozole; los peones bajan al pozo a rescatar un cubo y regresan diciendo que desde el fondo se ven las estrellas. Así avanza Canek: por escenas breves, casi autónomas, que se acumulan hasta formar un retrato completo de un mundo y de un hombre.
El centro afectivo de esa vida compartida es la amistad entre Canek y Guy, el sobrino enfermizo del dueño de la hacienda, un niño flaco al que su propia familia ha enviado al campo para quitárselo de encima. Guy escribe palabras extrañas en la tierra roja, escucha el mar dentro de un caracol, ve fantasmas en las nubes y venda su pierna sana para consolar a un perro cojo. Canek lo acompaña, le responde con parábolas y adivinanzas, lo lleva por caminos antiguos donde reposan los sabios y los señores de la tierra maya. A su alrededor gravitan Exa, la niña aparecida una mañana entre los cerditos y desaparecida como vino; la tía Charo, con su devoción remilgada y su desprecio a los indios; la tía Micaela y su cocina; el Padre Matías, que predica sobre la justicia de los hombres y reparte las limosnas entre los pobres con un permiso que se concede a sí mismo.
La novela trabaja por contraste antes que por denuncia. La tía Charo bebe agua de lluvia refrescada en tinajas mientras los indios beben el agua calcárea de los pozos; se escandaliza ante unas manos agrietadas y unos pies llagados, y Canek se limita a nombrar los hornos de cal, los secadores de tabaco, las ciénagas y las salinas. Nada se subraya. El libro deposita los hechos uno junto a otro y confía en que el lector complete el cuadro.
Cuando la ternura se agota —cuando la muerte y la desaparición vacían la casa de sus presencias más luminosas—, lo que queda es el dolor decantado en fuerza y la sabiduría vuelta acción. El Canek de las estampas domésticas es el mismo que la historia recuerda: el hombre a quien los indios de la provincia proclamaron rey en 1761, según consignó con alarma el cabildo de Mérida. Abreu Gómez no explica ese tránsito; lo deja ocurrir, sostenido por las profecías de Napuc Tun y del Chilam Balam que abren el libro como una advertencia.
Escrito en una prosa exacta y sin ornamento, con paisajes resueltos en dos líneas y desenlaces apenas sugeridos, Canek se lee como una colección de romances o una fábula de tradición oral. Su autor lo pobló con figuras de su propia infancia yucateca —el niño Guy es su contrafigura, y otros personajes proceden de la casa familiar—, lo que explica la temperatura íntima de un libro que también es un alegato. Publicado por primera vez en 1940 y reeditado desde entonces incontables veces, traducido a varias lenguas, sigue siendo una de las narraciones indígenas contemporáneas más leídas de México: breve, misteriosa y capaz de dejar en quien la lee una conciencia despierta frente a la injusticia.