En una sociedad distópica donde los Ritos asignan identidad, un hombre sin nombre se hace llamar Candy Man. Bajo la apariencia de ciego, vende azúcar hilado en pueblos vigilados mientras actúa como informante para la Máquina, delatando…
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En una sociedad distópica donde los Ritos asignan identidad, un hombre sin nombre se hace llamar Candy Man. Bajo la apariencia de ciego, vende azúcar hilado en pueblos vigilados mientras actúa como informante para la Máquina, delatando insumisiones a cambio de drogas. Predica a multitudes adormecidas un mensaje que mezcla religiosidad ancestral con crítica cifrada, buscando un propósito en un mundo donde la resistencia y la complicidad se entretejen irremediablemente.
En un futuro de vigilancia total, una sociedad gobernada por la Máquina y los Preceptores asigna identidad y nombres a través de rituales de iniciación denominados los Ritos. Quien falla en ellos queda condenado al anonimato y la marginación.
Así sucedió con el protagonista: un hombre sin nombre que habita los márgenes, quien desciende de los bosques desolados donde se oculta para adentrarse en pueblos sometidos. Se presenta como vendedor itinerante de azúcar hilado, portando un vendaje que simula ceguera para obtener ventaja. Pero su verdadera función es delatar: es informante de la omnipotente Máquina. A cambio de denunciar palabras de rebelión, recibe tubos de droga que mitigan su angustia existencial.
Mientras distribuye dulces, predica un mensaje religioso que mezcla mitología ancestral con crítica cifrada del régimen. Busca incitar a la procreación como acto de resistencia silenciosa contra un sistema que aparentemente intenta la extinción lenta de la humanidad. Se percibe dotado de propósito cósmico.
Sus contradicciones son evidentes: es cómplice del sistema que combate, violento con quienes lo rodean, adicto a las drogas que le suministran. Cuando el Silbador irrumpe en esta rutina de depravación controlada, fuerzas desconocidas se mueven en las sombras.