Un músico repasa las canciones que le formaron y, al hacerlo, cuenta su propia vida: de la niñez ante una máquina de discos a las giras en furgoneta por la España de los ochenta.
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Un músico repasa las canciones que le formaron y, al hacerlo, cuenta su propia vida: de la niñez ante una máquina de discos a las giras en furgoneta por la España de los ochenta. Cada tema abre una puerta —a un estudio de grabación, a una amistad, a un desengaño amoroso— y el resultado es a la vez memoria personal y guía apasionada de un siglo de música popular.
Hay libros sobre música que explican; este, además, recuerda. Su autor —compositor y cantante, protagonista de una escena madrileña que marcó a toda una generación— elige medio centenar de canciones y las va desplegando una a una, en capítulos breves que funcionan como piezas independientes y, leídos en orden, como una autobiografía oblicua.
El método es sencillo y eficaz: cada canción arranca con una escena vivida. Una melodía instrumental que sonó durante años en la cabeza del autor sin que supiera su título, hasta que un amigo locutor se la identificó de un tarareo. Una tarde de 1988 en una plaza de toros extremeña, viendo a un cantaor gaditano huir entre una multitud que le pedía que tocara a un niño en brazos. Los billares de un pueblo de la sierra madrileña donde, a los ocho años, un riff de cinco notas salido de una máquina de discos le cambió el oído para siempre. Los bares de carretera donde una banda en gira compraba casetes de saldo que mezclaban los éxitos del momento con lo más rancio del repertorio nacional, y donde el flamenco, el tango y la copla entraron en su vida por la puerta de atrás.
De ahí, cada capítulo se abre hacia la historia del tema: quién lo escribió y en qué circunstancias, qué músicos anónimos lo grabaron, qué azares decidieron su forma definitiva. Aparecen el compositor vienés que inventó la banda sonora tal como la conocemos; el productor que puso versos de un poeta granadino en la garganta de un cantaor y provocó un fracaso comercial que luego sería revolución; el grupo vocal que grabó su primer éxito sin saber que lo estaba grabando, mientras hacía coros de favor a un amigo; los músicos de sesión que tocaron en discos que todo el mundo conoce sin que nadie sepa sus nombres; el mánager que encerró a dos jóvenes en una habitación y les prohibió salir sin una canción.
El mapa que dibuja la selección es deliberadamente ancho. Junto a los nombres mayores del pop y el rock anglosajón conviven el tango porteño, el bolero mexicano, la copla, el reggae jamaicano, la canción francesa, el jazz, el soul, el country y el punk. El autor no disimula sus filias ni sus prejuicios superados —confiesa que el flamenco le parecía cerrado hasta que un disco concreto lo abrió, que las viejas grabaciones de tango le sonaban rancias hasta que una banda madrileña se las tradujo—, y esa honestidad es parte del atractivo: no escribe desde la autoridad del erudito, sino desde el entusiasmo del oyente que ha seguido siéndolo.
Hay también un retrato de época. La escena madrileña de los ochenta aparece de cerca y sin nostalgia impostada: los clubes pequeños donde tocaban los grupos noveles, los sellos independientes, las colaboraciones cruzadas entre bandas, los amigos músicos, las giras interminables. El lector asiste al proceso por el cual un chaval que aprendió a tocar la guitarra copiando discos ajenos acabó escribiendo los suyos, y descubre —a veces confesado, a veces solo insinuado— de dónde salió cada préstamo.
El tono es conversacional, con humor y sin solemnidad, y la erudición llega siempre envuelta en anécdota. Se puede leer de corrido o abrir por cualquier página; funciona igual de bien como historia sentimental de una vida que como enciclopedia caprichosa y bien documentada. Al final queda la impresión de haber escuchado a alguien hablar de lo que ama durante una noche larga, y de haber salido de ahí con una lista de discos que buscar.
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