En mayo de 1939, el oficial Eladio Ferlosio regresa a Uldielbo, su pueblo natal, tras perder la guerra. Porta el uniforme destrozado y la carga de sus recuerdos, pero también el peso invisible de Teodoro Sacristán, el primer hombre al que…
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En mayo de 1939, el oficial Eladio Ferlosio regresa a Uldielbo, su pueblo natal, tras perder la guerra. Porta el uniforme destrozado y la carga de sus recuerdos, pero también el peso invisible de Teodoro Sacristán, el primer hombre al que dio muerte. Entre el fantasma del soldado enemigo y sus anhelos de confesarle su amor a Eleonora Cardenal, Eladio inicia un viaje que le obliga a enfrentar la culpa, la soledad y la posibilidad de la redención en una España marcada por el horror fratricida.
En mayo de 1939, cuando la Guerra Civil Española toca a su fin, el oficial Eladio Ferlosio emprende el camino de regreso a Uldielbo, su pueblo natal, arrastrando tras de sí no solo la fatiga de tres años de contienda, sino también las cicatrices del horror fratricida que ha dejado a toda una nación destrozada y dividida.
Ferlosio regresa vistiendo un uniforme raído, con las botas consumidas por el polvo de los caminos recorridos en la línea de fuego. Su único equipaje es un petate desgastado, una taza metálica y un puchero abollado que, durante noches de infortunio, calentaron mendrugos con cebolla y agua. Pero quizá su carga más pesada sea invisible: la presencia constante de Teodoro Sacristán, el primer hombre al que mató en la guerra, cuyo espectro está condenado a acompañar al superviviente como trofeo y castigo indeleble según la leyenda popular.
Teodoro fue un joven seminarista que abandonó el seminario para seguir sus verdaderas pasiones: la pintura y la experiencia de la vida terrenal. Hijo de una devota familia de labradores levantinos, fue obligado por los designios de la guerra a tomar un uniforme que nunca eligió y a luchar en una causa que nunca comprendió. Aquella noche de febrero de 1937, a orillas del Jarama, Eladio —quien empuñaba un arma por primera vez— disparó sin pensar. El proyectil atravesó el entrecejo de Teodoro, condenando a ambos a una unión retorcida que trasciende la muerte misma.
El fantasma de Teodoro, malhumorado e irónico, acompaña a Eladio en su regreso, lamentándose amargamente de estar encadenado a un hombre romántico, aburrido e insípido que rechaza los placeres terrenales en nombre de un amor no correspondido. Pues Eladio regresa a Uldielbo animado por una única esperanza: confesar a Eleonora Cardenal, la amiga íntima de su hermana, el amor que ha guardado en silencio desde la infancia, un sentimiento que le permitió mantener la cordura durante las noches más tenebrosas del frente.
Con una prosa poética y reflexiva, esta novela teje juntos los destinos de hombres ordinarios atrapados en circunstancias extraordinarias, explorando el peso de la culpa, la redención imposible y la persistencia del amor en tiempos de desolación.
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