El día en que cumple diecisiete años, Elena descubre que el regalo de sus padres es una estancia de tres días en Campamento Oath, el encuentro veraniego que reúne a la banda española Paradise con sus seguidores.
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El día en que cumple diecisiete años, Elena descubre que el regalo de sus padres es una estancia de tres días en Campamento Oath, el encuentro veraniego que reúne a la banda española Paradise con sus seguidores. Lo que empieza como un sueño de fan —cabañas compartidas, comidas multitudinarias, conciertos improvisados— se convierte en algo más íntimo cuando una escapada nocturna la deja sola frente a Pablo, el miembro del grupo al que siempre admiró desde lejos. Entre guerras de comida, partidos de voleibol en la piscina y confidencias junto a un lago, Rocío Delgado construye una novela juvenil sobre amistades que se forjan en tres días, primeras veces y la distancia, cada vez más fina, entre el ídolo y la persona.
Córdoba, 26 de agosto de 2012. Elena se despierta con su madre abriendo las cortinas y una sorpresa de cumpleaños que empieza con post-it y caramelos repartidos por la casa y termina, cuatro horas de carretera después, frente al cartel de Campamento Oath. Allí, durante tres días, un grupo de fans convive con Paradise: Pablo, Iván, Fernando, Alex y Luca, cinco chicos a los que ella conoce de memoria por sus canciones y de los que apenas ha cruzado unas palabras en una firma.
El campamento tiene su propia coreografía —el reparto de cabañas, el comedor a las dos y media, la piscina por la tarde, los equipos que suman puntos hasta el último día— y sobre ese armazón cotidiano la novela va tejiendo lo que de verdad le interesa: cómo se construye una amistad a toda velocidad. Elena llega con Madyson, su mejor amiga a distancia, y en cuestión de horas el grupo se amplía con Natalia, Rebeca y Lidia. Comparten mesa, secretos y una primera travesura: salir de noche con linternas a buscar las cabañas de los chicos.
Esa escapada marca el punto de giro. Cuando un ruido dispersa al grupo y sus amigas echan a correr, Elena se queda sola en el bosque y se encuentra cara a cara con Pablo, que tampoco podía dormir. Lo que sigue es un paseo de madrugada, una conversación que se alarga hasta las seis de la mañana y un apodo —Blue— que le queda pegado. A partir de ahí, el relato alterna la euforia colectiva del campamento con una complicidad que crece a espaldas de todos: bromas con chocolate en la cara, una venganza anunciada al oído, un cubo de agua fría, unas manos que guían las suyas para golpear un balón de voleibol.
Alrededor de esa historia central se despliegan otras. Natalia y su primera cita con Iván, seguida en coche por un pelotón de espías improvisados que acaban cenando hamburguesas en el aparcamiento de un restaurante. Fernando, el que aparenta dureza y termina siendo el confidente junto al lago. Luca, que pregunta con timidez si Lidia tiene novio. Y un mensaje anónimo —“Estoy más cerca de ti de lo que crees”— que introduce una sombra de inquietud en un verano por lo demás luminoso.
Delgado escribe en primera persona, con una voz adolescente que no disimula el vértigo: los nervios que no dejan apoyar bien los pies, la vergüenza de que una llamada en altavoz revele demasiado, la incomodidad de las miradas ajenas cuando la cercanía con el ídolo se vuelve visible. La novela toma en serio el fenómeno fan sin ironía ni condescendencia, y se detiene en una idea que atraviesa el libro entero: que quienes están sobre el escenario pisan el mismo suelo que quienes los miran desde abajo.
Esta es la primera parte de una obra más amplia, articulada en catorce capítulos que llevan a Elena del campamento a una despedida indefinida, una fiesta en la playa, Granada y una cita. La estructura anticipa que los tres días son solo el comienzo: lo que empieza como unas vacaciones de verano se convierte en el arranque de una historia que continúa mucho después de que las maletas vuelvan a casa.
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