«Venezia» narra el viaje de una pareja en crisis hasta la ciudad de los canales, donde el hastío acumulado durante años de convivencia estalla en una disputa que empuja a la protagonista a separarse temporalmente de su marido y a recorrer…
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«Venezia» narra el viaje de una pareja en crisis hasta la ciudad de los canales, donde el hastío acumulado durante años de convivencia estalla en una disputa que empuja a la protagonista a separarse temporalmente de su marido y a recorrer Venecia en soledad, en busca de una claridad interior que la relación ya no le ofrece.
La narración se abre con una pareja que llega a Venecia arrastrando el mismo malestar que los ha acompañado durante todo el trayecto por carretera: silencios cargados, reproches menudos y un desgaste emocional que ninguno de los dos sabe nombrar del todo. Él vive la tensión doméstica como una simple irritación pasajera que se disuelve en cuanto sale de casa hacia su trabajo, sus amistades y su vida social; ella, en cambio, permanece atrapada en el espacio familiar, entregada por completo a los hijos y a la rutina, sintiendo crecer un vacío que ni la maternidad ni las tareas cotidianas logran colmar.
Durante la cena en el hotel de Marghera, una frase pronunciada casi sin querer —«me siento estafada»— destapa una conversación larga y áspera en la que ella articula, por primera vez con claridad, la sensación de haber perdido valores propios mientras él, a su lado, ganaba los suyos. El diálogo repasa el pasado común: el joven idealista que traducía poesía y se casó con entusiasmo, convertido ahora en un ejecutivo pragmático; la educación sentimental de él, marcada por la calle y por una masculinidad despreocupada; la soledad de ella, rodeada de psiquiatras poco útiles y amigas demasiado ocupadas. La disputa, contenida por el hecho de estar lejos de casa, termina en una decisión inesperada: separarse esa misma noche. Él regresará a Cataluña; ella se quedará sola en Venecia toda una semana.
La segunda mitad del relato sigue a la protagonista mientras descubre la ciudad por su cuenta: los vaporetti, el Gran Canal, la plaza de San Marcos, un paseo nocturno en góndola que la sumerge en una melancolía casi física ante los palacios cerrados y las aguas oscuras. Lejos de la vigilancia y del peso conyugal, recupera una vitalidad olvidada, entabla conversaciones breves con otros viajeros sin dejarse arrastrar por ellas, y convierte el vagabundeo solitario en un ejercicio de introspección que no busca respuestas inmediatas sino, simplemente, dejar pasar el tiempo y habitarlo. Al final de la semana compra regalos para sus hijos y sobrinos y siente, junto a la nostalgia familiar, la determinación de volver a casa con una estrategia distinta: ya no intentará reparar la relación, sino liberarse de ella con las mismas armas de frialdad y cálculo que atribuye a su marido.
El relato cierra con el viaje de regreso en tren nocturno, durante el cual un episodio ambiguo con un desconocido en su compartimento añade una nota final de inquietud y vulnerabilidad, dejando en suspenso el modo en que la protagonista afrontará, ya en Barcelona, el reencuentro con quien ha empezado a considerar un enemigo declarado.
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