Año 2118. El clima ha arrasado con casi todo el planeta y solo una franja al norte de Suramérica, en lo que fue Colombia, sigue siendo habitable. Allí, un hombre que cree llamarse Mark Miles atraviesa de noche el desierto de La Tatacoa,…
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Año 2118. El clima ha arrasado con casi todo el planeta y solo una franja al norte de Suramérica, en lo que fue Colombia, sigue siendo habitable. Allí, un hombre que cree llamarse Mark Miles atraviesa de noche el desierto de La Tatacoa, esquivando a los animales que la nueva era ha vuelto irreconocibles y, sobre todo, a otros seres humanos. Camina siempre hacia el norte, hacia las ruinas de Santafé de Bogotá, buscando una explicación para la mañana en que la humanidad entera despertó sin recuerdos. Caminante sin recuerdos, de Andrés F. Ramírez G., es una novela de supervivencia y ciencia ficción que pregunta qué queda de una persona cuando se le borra todo lo vivido y solo permanecen sus habilidades.
El 27 de septiembre de 2113, a las 9:17 de la mañana, la memoria de toda la población mundial se apagó de golpe. Nadie supo por qué. Las personas conservaron el idioma, la lectura, la destreza para conducir o para usar un cuchillo, pero perdieron sus nombres, sus rostros, sus vínculos: quedaron intactas por fuera y vacías por dentro. Un hombre despertó ese instante frente a un computador, con un café humeante al lado y un correo a medio escribir dirigido a una tal Liliana. Un carné debajo del teclado le dio la única identidad disponible: Mark Miles, ingeniero de sistemas.
La novela se mueve entre dos tiempos. En el presente, cinco años después, Mark cruza el desierto de La Tatacoa: duerme escondido durante el día, avanza bajo la luna y caza serpientes entre cactus cuyas espinas brillan en la oscuridad. La naturaleza ha mutado de forma inquietante —lagartijas del tamaño de un perro, ratones que ladran, jaurías de pavos reales que cazan en formación— y, aun así, el peligro que más teme sigue siendo el de otro ser humano. Su rumbo es fijo: siempre al norte, hacia las ruinas de Bogotá, donde empezó todo.
En el pasado, el relato reconstruye las primeras horas del desastre. En el piso noveno de una aseguradora, un centenar de desconocidos se miran entre sí buscando culpables; la sospecha recae sobre el café y sobre quien lo sirve, y la oficina se convierte en un campo de batalla con teclados, cosedoras y cables de cargador por armas. Mark huye acompañado por Osvaldo, Lisa y Johana, tres extraños unidos por la misma ausencia. Afuera los espera una ciudad detenida y demente: aviones caídos, buses abandonados, niños armados, ancianas enfurecidas y un impulso de violencia que parece brotar junto con las jaquecas que a todos los asaltan. El grupo busca una salida mientras Mark persigue el único hilo que le queda —una fotografía en la billetera y un nombre que se le repite en la cabeza— hasta desviar el camino rumbo al aeropuerto.
Ramírez G. construye un relato en primera persona, de ritmo rápido y tono seco, donde la acción de supervivencia convive con una pregunta insistente: si los recuerdos son lo que nadie puede arrebatarnos, ¿en qué nos convertimos cuando desaparecen? El desierto colombiano, la fauna transformada y una civilización que se derrumbó en un abrir y cerrar de ojos sirven de escenario a una odisea íntima sobre la identidad, la culpa y la necesidad de reconstruir un pasado del que solo quedan objetos sueltos y destellos de dolor.
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