Madison Hunter dejó su pueblo y se mudó a Nueva York con una sola idea fija: averiguar qué le ocurrió a Nancy, su hermana melliza, desaparecida dos años atrás.
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Madison Hunter dejó su pueblo y se mudó a Nueva York con una sola idea fija: averiguar qué le ocurrió a Nancy, su hermana melliza, desaparecida dos años atrás. De día es una empleada más en el bufete de su pareja, el prestigioso abogado Mark Anderson; de noche recorre los márgenes de la ciudad siguiendo pistas que la acercan a un submundo de dinero sucio. Cuando un desconocido intenta matarla en pleno día, Madison entiende que su búsqueda ya no es un secreto y que confiar en alguien puede costarle la vida.
Todo empieza con unos pasos que no deberían estar ahí. Madison camina de regreso a la oficina por las calles frías de la ciudad cuando advierte una figura vestida de negro que aparece y desaparece a su espalda. Lo que sigue —una pelea breve y brutal en el baño de un local, una billetera ajena, una fotografía suya con una orden escrita en letra diminuta— confirma la sospecha que venía cargando en silencio: alguien la vigila, y alguien quiere que deje de buscar.
Hace dos años que Nancy, su hermana melliza, se esfumó sin dejar rastro. El mundo alrededor de Madison ya pasó página: su pareja, Mark Anderson, uno de los abogados más exitosos y mediáticos del país, le pide que asuma la realidad y avance; sus compañeros de trabajo apenas intuyen que hay algo raro detrás de sus ojeras. Solo su amiga Noemi, la secretaria del bufete, se acerca lo suficiente para preocuparse. Nadie sabe que Madison escribe bajo el seudónimo de Atenea en un blog de crónica policial donde desconfía abiertamente de quienes dicen impartir justicia, y nadie sabe que sus salidas nocturnas son una investigación en marcha.
Siguiendo el dato de un testigo, Madison se disfraza de su propia hermana —el maquillaje oscuro, la ropa ajustada, las pulseras— y entra a un local nocturno donde el parecido físico entre ambas la convierte, por un rato, en Nancy. Allí conoce a Chad, a Josh y el nombre que se repite en voz baja: Bob Ferris, dueño del lugar y una de las figuras más temidas del crimen organizado local. La noche termina con una redada policial y con Madison detenida, frente a un interrogatorio que no esperaba y a un hombre que no encaja con la idea que ella tiene de la policía: el detective Jon Morales, que lee a las personas con una facilidad incómoda y que reconoce de inmediato que la mujer sentada frente a él está mintiendo.
Desde ese primer choque, la novela avanza sobre una tensión doble. Por un lado, la investigación: Ferris es también el caso de Morales, y el rastro de Nancy se enreda con negocios ilegales, lealtades compradas y una comisaría donde no todos trabajan del mismo lado. Por otro, algo más íntimo e inconveniente, que Madison no sabe cómo nombrar y que se cuela incluso en sus sueños. El equilibrio se vuelve imposible cuando Morales aparece en el bufete de Mark: los dos hombres se conocen desde la universidad, arrastran un pasado con deudas sin saldar y un hermano de por medio, y de esa conversación sale un pedido que lo cambia todo —Mark quiere que alguien siga a su novia.
Caminando entre sombras, primera novela de Carla Rod, combina el thriller de investigación con el drama íntimo del duelo sin cierre. Su protagonista no es una heroína invencible sino una mujer terca y agotada, que aprendió defensa personal por si acaso y que sostiene sola una búsqueda que todos a su alrededor dan por perdida. Narrada en capítulos breves y de ritmo sostenido, con escenas de acción que llegan sin aviso y diálogos filosos, la novela va cerrando el círculo alrededor de Madison hasta dejar claro que el peligro no siempre viene de la calle: a veces está sentado del otro lado del escritorio, sonriendo.
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