Memorias de Eleuterio Sánchez, nacido en 1942 en el barrio chabolista de Los Pizarrales, en Salamanca, y convertido por la prensa y la policía del tardofranquismo en el personaje conocido como El Lute.
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Memorias de Eleuterio Sánchez, nacido en 1942 en el barrio chabolista de Los Pizarrales, en Salamanca, y convertido por la prensa y la policía del tardofranquismo en el personaje conocido como El Lute. Escrito en buena parte a la luz de un quinqué en el colector general de Sevilla, mientras su autor se escondía herido de bala tras fugarse del penal del Puerto de Santa María, el libro reconstruye una infancia de hambre, mendicidad y visitas a la cárcel, y reivindica el derecho de quien fue narrado por otros a contar su propia versión. Este primer volumen de una biografía en cuatro tomos se reedita sin correcciones ni añadidos, tal como fue concebido: mitad testimonio, mitad testamento.
Un hombre con cuatro agujeros de bala en el cuerpo, sin médico ni refugio posible, se esconde con sus hermanos en el alcantarillado de Sevilla y decide que, si no sobrevive, al menos quedará escrito quién fue. De ese impulso nace Camina o revienta: no un ejercicio literario, según advierte su propio autor, sino un testimonio redactado contra el reloj y contra el retrato que de él habían dibujado los periódicos y los partes policiales.
El relato empieza mucho antes de la fuga. Empieza en abril de 1942, en una chabola levantada con hojalata, tablas y cartón entre los vertederos de Los Pizarrales, el barrio más pobre de Salamanca, donde una vecina gitana asiste el parto porque el padre está cumpliendo condena. La familia son ocho bocas: David, jornalero analfabeto y agotado; Serafina, sorda y casi muda, cuya dolencia habría tenido cura con dinero; y seis hijos que duermen en espiga sobre jergones de hierba y desperdicios mientras la lluvia entra por el techo. La España de fondo es la de los años del hambre, el estraperlo, las cartillas de racionamiento y el saludo con el brazo en alto.
El punto de quiebre llega una noche de trilla: el padre intenta llenar un saco de trigo y tres hombres lo apalean hasta dejarlo por muerto. Sobrevive, y por sobrevivir va a prisión dos años. Con nueve años, el narrador hereda sus responsabilidades. Vienen entonces las escenas que sostienen el libro: la comitiva de niños desharrapados llorando ante un juez que promete y no cumple; la madre detenida por pedir limosna y rapada al cero en comisaría junto a una hija de diez años; los hurtos de hortalizas y las gallinas robadas para no morirse; el corazón de Serafina cediendo bajo el peso de todo eso.
Envuelto en la crónica hay un argumento incómodo y explícito, que el prólogo formula desde Ortega y Gasset para discutirlo: la idea de que nadie se hace a sí mismo, de que la sociedad reparte de antemano sus porcentajes de ricos y pobres y de que a alguien le toca ocupar el lugar del ladrón. “No me he hecho; me han hecho”, escribe. De ahí el yo acusador que enumera un régimen capaz de castigar con tres años el robo de una gallina y de dejar impunes estafas millonarias, de condenar a muerte por una pedrada mediante tribunales militares y una ley de guerra terminada antes de que naciera el acusado.
El volumen se publica sin retocar una coma, por decisión de un autor que reconoce en él cierto determinismo radical y prefiere respetarlo antes que maquillarlo: los hechos no se ven igual desde el dolor y la muerte próxima que desde la distancia. Esa negativa a corregirse es, quizá, lo que mejor conserva el libro: la voz de quien escribía sin saber si lo leerían, decidido a que la censura fuera cosa ajena y nunca propia. Primer tomo de cuatro, llevado al cine y traducido a varios idiomas, funciona a la vez como autobiografía de infancia, retrato de la pobreza española de posguerra y alegato contra la justicia de clase.
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