Una familia corriente se asoma al desgaste: Héctor y Laura discuten por dinero, por silencios y por casi nada, mientras Clara, a punto de cumplir diez años, sostiene el único deseo que sus padres no quieren concederle: un perro.
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Una familia corriente se asoma al desgaste: Héctor y Laura discuten por dinero, por silencios y por casi nada, mientras Clara, a punto de cumplir diez años, sostiene el único deseo que sus padres no quieren concederle: un perro. Sobre esa rutina de cafés amargos, trayectos al colegio y horas de oficina planea la sombra de un prólogo bajo la lluvia, donde tres personas corren hacia una puerta con el miedo pegado a la voz. «Camina conmigo», de David Carrasco, cuenta cómo una vida ordinaria puede quebrarse justo cuando parecía que solo hacía falta hablar.
Hay matrimonios que no se rompen de golpe, sino a fuerza de portazos pequeños. El de Héctor y Laura lleva meses instalado en esa erosión: él arrastra días de sueño escaso y un trabajo gris de cubículo, teléfono negro y datos que procesar; ella, despedida de la fábrica en un recorte colectivo, ha descubierto en la escritura una vocación tardía que su marido considera una pérdida de tiempo. Entre los dos, un único sueldo, una lista de reproches gastados y la sensación de que ya nadie recuerda por qué empezó la discusión.
En medio está Clara, que va a cumplir diez años y que finge no enterarse de nada mientras se enterna de todo. Su petición es sencilla y obstinada —un cachorro, solo eso— y se convierte en el pretexto perfecto para que estalle una mañana cualquiera: un grito de más, un manotazo en la mesa, una manga de pijama secándose los ojos camino del cuarto. Camino del colegio, la niña formula en voz alta la pregunta que los adultos evitan: si su padre la quiere, si sus padres siguen queriéndose. Su madre tarda en responder más de lo que le habría gustado.
David Carrasco construye la novela con materiales deliberadamente domésticos. El ascensor que nunca funciona y los cuatro pisos de escalera. Tomás, el vecino viudo y misántropo del rellano, capaz de administrar la ternura en dosis de dos palabras. Leo, el compañero de oficina que convierte cada anécdota en un número cómico. Una fiesta de cumpleaños que se prepara con regalos envueltos en papel de princesas, tarta de chocolate y una sorpresa que Laura ha decidido dar por su cuenta, sabiendo que tendrá que lidiar después con la furia de su marido. Todo ese inventario de lo cotidiano se lee con una sonrisa hasta que uno recuerda cómo empieza el libro.
Porque el prólogo ya ha ocurrido: un coche derrapando sobre asfalto mojado, un conductor con la voz quebrada pidiendo perdón, un acompañante que le ordena callarse y conducir, y alguien en el asiento trasero respirando con fuerza, buscando en la ventanilla el destino que no llega. Esa escena queda suspendida sobre los capítulos siguientes como una nube baja: el lector sabe que hay una noche de lluvia esperando y va reconociendo, en cada gesto trivial, las piezas que acabarán colocándose ahí.
«Camina conmigo» es, en ese cruce, una novela sobre lo que damos por descontado. Sobre las conversaciones que se aplazan a «cuando llegue a casa», sobre el orgullo que impide dar el brazo a torcer y sobre la distancia exacta que hay entre un enfado de desayuno y un arrepentimiento irreparable. Carrasco escribe con frase corta y oído para el diálogo doméstico —el que hiere sin levantar la voz—, y deja que la ternura y la amenaza convivan en la misma página. Una historia familiar de las que reconocemos demasiado bien, contada con la certeza incómoda de que el tiempo para arreglar las cosas siempre parece más largo de lo que es.
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