Guía de lectura breve dedicada a Camille Pissarro (1830-1903), el pintor nacido en las Antillas danesas que acabó convertido en la columna vertebral del grupo impresionista.
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Guía de lectura breve dedicada a Camille Pissarro (1830-1903), el pintor nacido en las Antillas danesas que acabó convertido en la columna vertebral del grupo impresionista. En pocas páginas reconstruye su recorrido vital, el siglo XIX francés que le tocó habitar, las claves de su evolución técnica y cinco lienzos analizados de cerca, del camino rural de Voisins al puerto humeante de Le Havre.
Hay artistas que se recuerdan por un cuadro y otros que sostienen todo un movimiento sin ocupar nunca el centro del cartel. Camille Pissarro pertenece al segundo grupo, y esta guía se propone explicar por qué. Nacido en 1830 en la isla de Santo Tomás, entonces posesión danesa, y muerto en París en 1903, Pissarro fue el único pintor que participó en las ocho exposiciones impresionistas y, para buena parte de sus compañeros, el interlocutor al que se acudía cuando había que decidir algo. La obra parte de esa doble condición —pintor y aglutinador— para ofrecer un retrato completo en un formato pensado para leerse de una sentada.
El volumen abre situando el escenario. El siglo XIX francés desfila aquí como lo que fue: una sucesión vertiginosa de regímenes políticos, una revolución industrial que reescribe el paisaje, un París que Haussmann abre en avenidas, y un mundo artístico gobernado por la Academia y por el filtro del Salón. Sobre ese fondo se entiende la ruptura: el escándalo de Courbet, el Salón de los Rechazados de 1863, las tertulias del barrio de Batignolles y la sociedad cooperativa que en 1874 organiza, en el antiguo taller de Nadar, la exposición de la que un crítico burlón extrajo, sin quererlo, el nombre del movimiento.
La parte biográfica sigue a Pissarro desde el negocio familiar de chatarra que abandona para recorrer Venezuela con un cuaderno de dibujo, hasta su llegada a Francia en 1855 y el largo aprendizaje bajo la influencia de Courbet y de Corot. El relato no maquilla las dificultades: décadas de pensión paterna, cuadros vendidos a cuarenta francos, mudanzas forzadas por las deudas —Louveciennes, Pontoise, Osny, Éragny— y hasta un lienzo rifado en la tómbola de un pastelero y canjeado por un pastel con nata. También reconstruye el papel decisivo del marchante Paul Durand-Ruel, con sus compras, sus retiradas y la retrospectiva de 1892 que por fin consolidó al pintor en Europa y Nueva York.
Un bloque específico se ocupa del lenguaje plástico: el paso de las pastosidades densas al trazo fragmentado, las pinceladas en forma de comas cruzadas que se convierten en su firma, el interés obstinado por la luz y por el agua, el desvío hacia el puntillismo junto a Seurat y Signac, y el giro final hacia la ciudad, pintada en series desde ventanas de apartamentos alquilados a propósito cuando un problema de vista le impidió trabajar al aire libre. Cinco obras reciben comentario detallado —Entrada del pueblo de Voisins, La cosecha, Pontoise, Cosecha de manzanas, Boulevard Montmartre, primavera y El antepuerto de Havre por la mañana— y funcionan como estaciones de esa evolución.
Cierra la guía el capítulo de la herencia: Pissarro como maestro de Cézanne y de Gauguin, origen de una dinastía de pintores que llega hasta hoy, y eslabón entre el impresionismo y los movimientos que abrirían el siglo XX. Un apartado final de resumen esquemático y una bibliografía comentada permiten fijar lo leído o seguir tirando del hilo. Está pensada para quien quiera una entrada ordenada al impresionismo sin renunciar al detalle: estudiantes, visitantes de museo y lectores curiosos encontrarán aquí el mapa y las coordenadas.
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