Un visitante helado —el Diablo, sin azufre ni llamas— cruza la puerta de un apartamento y abre una novela que enseguida se desdobla en muchas voces.
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Un visitante helado —el Diablo, sin azufre ni llamas— cruza la puerta de un apartamento y abre una novela que enseguida se desdobla en muchas voces. Un tendero llamado Fausto custodia el fusil y las leyendas de su abuelo Jonás; una gaviota desviada por un vertido de petróleo y un cargamento de patitos de goma decide la vida y la muerte de desconocidos; y en un Chevrolet aparcado frente al banco más importante de la ciudad, tres hombres discuten sobre arte mientras una joven, Cameron, reúne el valor para bajarse del coche. Un relato coral sobre el azar, la herencia de las historias y el instante exacto en que alguien elige.
El libro arranca con una imagen que desmiente al tópico: cuando el Diablo entra en la habitación no trae fuego, trae frío. Ese desplazamiento —lo esperado sustituido por su reverso— funciona como declaración de intenciones de toda la obra, construida a base de historias que empiezan pareciendo una cosa y terminan siendo otra.
De ahí la narración se abre en abanico. Está Fausto, un hombre gris que se cambió el nombre para dotar de peso a una vida rutinaria, y que sobrevive a la sombra del abuelo Jonás, contador de aventuras imposibles y dueño de un Kalashnikov heredado. La historia del arma retrocede hasta unas aguas japonesas donde una fosa volcánica alumbró una isla que duró cinco días, y hasta unas cajas a la deriva de las que salió un cerdo náufrago al que la tripulación bautizó y adoptó como amuleto. Está también la abuela Estela, maestra a la que una mañana los libros se le llenaron de garabatos ilegibles: un derrame silencioso le arrancó la lectura para siempre y volvió blanco, de golpe, el pelo negro de su marido.
En paralelo, la novela ensaya una demostración casi física de la teoría del caos. Un carguero encalla frente a Florida y derrama combustible y un ejército de patitos de goma amarillos; una gaviota cambia de rumbo, entra en el reactor de un avión y fuerza un aterrizaje de emergencia sobre una carretera; un pasajero muere del susto; y un chantajista mediocre pierde la cita en la que pensaba matar a su comprador. Nadie sabe a quién debe la vida. La cadena se cierra sobre Gabriel Caronte, que sale del aeropuerto con una mochila llena de dinero y una sonrisa que no sabe explicar.
El centro de gravedad es Cameron. Sentada en el asiento trasero de un Chevrolet rojizo, escucha sin oír cómo sus compañeros —Gabriel, Yann, Marcos— debaten si la pintura moderna es genio o negocio, mientras ella no aparta la vista del edificio del banco. La escena se cuenta dos veces: primero desde fuera, en diálogo, y luego desde dentro, en un monólogo entrecortado donde las mismas frases reaparecen convertidas en miedo, cálculo y despedida. Cameron sabe que va a hacer algo irreversible, y sabe también que quiere decirle a alguien que lo ama antes de hacerlo. No lo dice. Abre la puerta y sale.
Cuando entra en el vestíbulo, el banco deja de ser un banco: las ventanillas son embarcaderos, los empleados marineros de traje oscuro, y los clientes navegantes que confían todo su patrimonio a travesías de las que muchos no vuelven. Bajo el óculo de la cúpula, entre créditos, deudas y pólizas, algo empieza a emerger.
Escrita con registros que alternan la primera persona, el narrador omnisciente y el flujo de conciencia, la obra avanza por acumulación de historias aparentemente sueltas —una isla efímera, un cerdo, una maestra que olvida leer, una gaviota— que el relato va tensando hasta hacerlas converger. Su pregunta de fondo es la que formula el propio texto casi de pasada: si el destino nos sostiene a todos en su regazo, ¿qué queda del que se atreve a resbalar y elegir?