Noviembre de 1985. Sarah Leclerc Vizcargüenaga acaba de perder a su madre y su matrimonio se ha roto. Para pensar en soledad, emprende unas etapas del Camino de Santiago sin decírselo a nadie.
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Noviembre de 1985. Sarah Leclerc Vizcargüenaga acaba de perder a su madre y su matrimonio se ha roto. Para pensar en soledad, emprende unas etapas del Camino de Santiago sin decírselo a nadie. La lluvia, la fiebre y una herida en el pie la desvían de las flechas amarillas hasta un pazo gallego cerrado al público, donde un director demasiado atento y un huésped elegante la acogen la víspera de una celebración. Esa noche empieza a cambiarlo todo.
Hay preguntas que solo se hacen cuando ya no hay nadie a quien preguntar. Sarah Leclerc Vizcargüenaga, instalada en una casa de piedra sobre el Cantábrico, entre Getaria y Zarauz, le pide a su tía Olga que le cuente quién fue Bárbara: la madre bellísima y festiva de su infancia, la mujer que después se replegó en silencios cada vez más largos y en una culpa que nadie supo nombrar. De esa conversación arranca una novela que avanza en dos tiempos: el relato de una vida ocultada y el año más intenso en la existencia de quien la reconstruye.
En el otoño de 1985, con el duelo reciente y un matrimonio deshecho a sus espaldas, Sarah decide caminar unas etapas hacia Santiago sin avisar a su familia. El uno de noviembre, Todos los Santos, el plan se le va de las manos: llueve sin tregua, una rozadura en el pie se infecta, anochece antes de tiempo y las flechas amarillas desaparecen. Perdida monte a través, bordeando un bosque, sigue unas luces intermitentes hasta un pueblo de casas cerradas y perros que ladran. Al final del camino la espera una verja de hierro labrado, un jardín impecable y un pazo con escudo en la fachada: el Señorío de Boixas, hotel cerrado por una avería eléctrica y, sin embargo, en plena efervescencia de preparativos.
Lo que sigue tiene la textura de una tregua y el pulso de una intriga. A Sarah se le abre una suite del ala este que no se destina a huéspedes, con dos dormitorios que llevan nombre de mujer grabado en la madera, armarios con ropa de hombre y cajas, y una pared donde falta un cuadro grande. Abajo, un aperitivo compartido con Álvaro Ulloa, un desconocido de cincuenta y tantos, encantador y demasiado enterado de todo lo que ocurre en la casa, se prolonga en una cena a solas tras un biombo, con albariño de la propiedad y setas llamadas trompetas de los muertos.
Ana María Rojas construye un relato coral —la Señora de Boixas, su administrador, la doctora del pueblo, el escritor, la curandera— donde el azar de una noche destapa herencias, títulos, fincas y linajes, y donde entender a la madre muerta obliga a la hija a mirar de frente su propia vida. Una novela sobre secretos familiares, sobre lo que se calla durante décadas y sobre el momento exacto en que deja de poder callarse.
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