Un escritor regresa antes de lo previsto de unas vacaciones familiares para sorprender a su novio y lo encuentra en la cama con otro hombre. En unas pocas horas —un puñetazo, un ataque de ansiedad en el metro, un piso a oscuras y una…
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Un escritor regresa antes de lo previsto de unas vacaciones familiares para sorprender a su novio y lo encuentra en la cama con otro hombre. En unas pocas horas —un puñetazo, un ataque de ansiedad en el metro, un piso a oscuras y una ambulancia— el relato recorre el derrumbe íntimo de quien pierde de golpe la vida que estaba a punto de empezar.
David vuelve dos días antes de una estancia familiar que soportaba a duras penas: un padre que dejó de hablarle el día en que se declaró gay, una madre en guerra permanente, un abuelo al que el alzhéimer va vaciando, dos hermanos gemelos idénticos hasta en la torpeza. Huye de esa casa de campo sin cobertura con una excusa laboral y una maleta llena de ropa inútil, empujado por las ganas de ver a Diego y de terminar por fin la mudanza que iba a juntar sus vidas. Abre con su llave el estudio de una sola habitación donde todo queda a la vista, y lo que ve es la cama compartida con otro cuerpo dentro.
A partir de ese instante el relato se convierte en un descenso medido hora a hora. Hay un puñetazo que no alivia nada, una maleta que rueda escaleras abajo y se abre en el portal, un vómito entre dos coches mientras unas niñas saltan a la comba. Hay un vagón de metro donde el narrador se derrumba en el suelo, contando y recontando las escenas que imagina en esa cama, hasta que la asfixia se vuelve literal y una desconocida mayor lo devuelve al mundo con una bofetada y una frase sin adornos. Después, el piso a oscuras con las persianas bajadas, un perro que mira con las orejas gachas, un mensaje en el contestador borrado antes de escucharlo, un aparato estrellado contra las cajas de la mudanza, un whisky sin tocar y dos pastillas para dormir que Diego, al entrar con su copia de la llave, interpreta del peor modo posible.
Lo que sostiene la narración no es el giro —la traición se revela en la primera página— sino la voz: cruda, malhablada, autoconsciente hasta la incomodidad, capaz de pasar de la crueldad hacia los suyos a la lucidez sobre su propia cobardía en la misma frase. El narrador se sabe injusto, melodramático, incapaz de dejar de mortificarse, y lo dice. Entre el odio y el amor no distingue: reconoce que uno nació del otro. La obra insiste en una idea que repite con distintas imágenes —hay daños que no se reparan, decir lo siento es fácil e inútil, la confianza cicatriza pero deja marca— y la deja abierta en un pasillo de hospital, después de una conversación con una psicóloga que no promete curación sino continuidad, y frente a un hombre llorando con la cabeza entre las manos al que el narrador, contra todo su propio discurso, sigue queriendo.
Es un retrato de la ruptura como acontecimiento físico: la falta de aire, el sudor, las tripas removidas, el nudo en la garganta. Y también, en segundo plano, un relato sobre la soledad de quien no puede volver a casa: la familia que no acoge, el amor que se convirtió en refugio único y por eso mismo en catástrofe única.
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