En las Tierras Altas de Escocia, una princesa que solo quiere elegir su propia vida discute con su madre, huye a caballo y termina ante una tallista de madera que no admite ser bruja.
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En las Tierras Altas de Escocia, una princesa que solo quiere elegir su propia vida discute con su madre, huye a caballo y termina ante una tallista de madera que no admite ser bruja. El pastel que compra con su colgante familiar no cambia a la reina: la cambia a ella, y la deja tirada en un círculo de menhires donde el musgo, los árboles y el tiempo ya no son los mismos.
Mérida, hija del clan DunBroch, mide su valía en pasos: treinta ayer, cincuenta hoy, y un nudo en un tronco como único testigo. Lo que no soporta son los otros pasos, los que le marcan otros: el vestido de gala para una cena que se cancela, el tartán almidonado, las conversaciones sobre bodas ajenas y la certeza, repetida por su madre como una ley natural, de que casarse es su deber y su destino. Su padre, el rey Fergus, cuenta por enésima vez cómo un conejo lo tiró del caballo y cómo Elinor lo recogió del suelo; Mérida sonríe con la historia, pero se niega a aceptar la moraleja que su madre le extrae.
Tres meses después, la discusión estalla. Tras desafiar en público el pacto matrimonial concertado entre los clanes, madre e hija se encierran en el salón y se dicen lo que llevaban años callando. Un mandoble abre el tapiz que Elinor bordaba desde hacía años; el arco de Mérida acaba en el fuego. La princesa huye a lomos de Angus, se adentra en un bosque que nunca había cruzado y unos fuegos fatuos la conducen hasta una cabaña abarrotada de osos tallados, con una escoba que barre sola y un cuervo que se ofende si la miran demasiado.
El trato es rápido: todas las tallas, el colgante de peltre con los tres osos del escudo familiar y un hechizo. Pero, camino de casa, Mérida entiende algo que ninguna magia sobre su madre resolvería: la tradición no vive solo en la reina Elinor, sino en tres lores que consideran natural disputarse su mano, y en un reino entero que espera de ella una única cosa. Si alguien tiene que cambiar, decide, es ella. Muerde el pastel, siente el suelo moverse, ve los menhires multiplicarse y se desmaya con el resplandor de un fuego fatuo en la retina.
Al despertar, con un chichón sangrante en la sien y Angus escondido tras una piedra, el bosque no encaja: los monolitos han perdido el musgo, los árboles son más bajos y estrechos, y una docena de troncos caídos vuelve a estar en pie. En paralelo, en otro castillo, una muchacha llamada Elinor MacCameron esconde bajo la cama un saco con su mejor vestido, tres velas gastadas y una daga robada de la armería, dispuesta a escapar antes de que un compromiso le arrebate lo único que le importa. Dos princesas separadas por una generación persiguen exactamente la misma cosa —la libertad— sin saber todavía que van a encontrarse.
Relato de fantasía con raíz folclórica escocesa, la novela reescribe el conflicto entre madre e hija desplazándolo en el tiempo: no basta con discutir con la reina, hay que conocer a la muchacha que fue antes de serlo. Entre menhires, hechizos con letra pequeña y deberes heredados, la pregunta que sostiene el libro es si el destino se acepta, se negocia o se talla con las propias manos.
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