Desde una celda, una joven empleada doméstica dicta su propia historia como si fuera un guion de cine: cómo entró a trabajar para un matrimonio adinerado en un country, cómo la sedujo el marido mientras la esposa se distanciaba, y cómo…
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Desde una celda, una joven empleada doméstica dicta su propia historia como si fuera un guion de cine: cómo entró a trabajar para un matrimonio adinerado en un country, cómo la sedujo el marido mientras la esposa se distanciaba, y cómo terminó acusada de un crimen que ella misma presenta como inevitable, tejido entre memoria familiar, deseo y sueños que se cumplen a medias.
Narrada en primera persona con la cadencia oral de una confesión —dirigida a alguien que promete convertirla en libro o película—, esta historia sigue a una mujer presa que reconstruye el camino que la llevó de planchar ropa ajena a sentarse en el banquillo de los acusados. Todo arranca cuando una vecina la recomienda para reemplazar a la empleada anterior en la casa de los Montesino, un matrimonio sin hijos instalado en un barrio cerrado: Mario, un empresario hecho de dinero y aplomo, y Raquel, que consulta el tarot a escondidas de su marido. Contratada primero por horas, la protagonista termina mudándose con cama adentro, absorbida por fiestas, jerarquías invisibles y una intimidad doméstica cada vez más cargada de tensión.
Entre las rutinas de la casa —las cartas que hay que esconder, los chismes envenenados de otra empleada del vecindario, la distancia con la que el dinero mira a quien lo sirve— se filtran los sueños de la narradora, que según ella nunca son del todo mentira ni del todo verdad, y el relato de su propia infancia: un padre violento y ausente, la muerte temprana de su madre, el acoso silencioso de un tío que la crió a medias. Esa memoria fragmentada choca de frente con el deseo que empieza a sentir por Mario, un primer beso robado en la cocina que reaparece en sueños antes de volverse realidad, mientras Raquel —distante, celosa, cada vez más hostil— se convierte en la tercera pieza de un triángulo que la propia protagonista intuye peligroso desde el principio.
Contada como el policial que ella misma anuncia que está narrando, con giros y pistas que solo cobran sentido al mirar atrás, la novela usa el amorío y el crimen que sigue como excusa para preguntar algo más incómodo: quién termina pagando por las culpas de una casa rica, qué lugar ocupan el afecto y el trabajo comprados en una familia sin grietas visibles, y hasta qué punto una mujer puede ser al mismo tiempo víctima, testigo y autora de su propia condena.