Un periodista ambiental regresa a Dalías, el pueblo almeriense donde creció en los años setenta, para medir la distancia entre aquellos inviernos con nieve y el país recalentado de hoy.
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Un periodista ambiental regresa a Dalías, el pueblo almeriense donde creció en los años setenta, para medir la distancia entre aquellos inviernos con nieve y el país recalentado de hoy. Desde ahí levanta un retrato del cambio climático en España: veranos que se comen la primavera y el otoño, olas de calor cada vez más largas y tempranas, pájaros que desaparecen de los cielos, viñedos que se mudan al norte y ciudades convertidas en islas de calor.
El libro arranca con una confesión y un inventario de pérdidas. El autor evoca su infancia en Dalías, un pueblo de la Alpujarra almeriense donde nevaba casi todos los años, y donde una pandilla de niños cazaba jilgueros con redes y liria, derribaba nidos de vencejos con tirachinas y aturdía murciélagos con banderas de trapo en las noches de verano. No lo cuenta como anécdota costumbrista: lo usa como vara de medir. Medio siglo después, la nieve se ha refugiado en las cumbres, han desaparecido más de noventa y cinco millones de aves paseriformes de los cielos españoles y las golondrinas y los murciélagos escasean donde antes se contaban por centenares. Ni todos los niños ni todos los cazadores del país explican esa mortandad: hay un depredador mayor, y tiene nombre de crisis climática.
A partir de ese arranque personal, la obra se despliega como una crónica del país que ya está cambiando. Reconstruye la escalada de las olas de calor —de la megaola de 2017, cuando España se comportó climáticamente como el norte de África, a los veranos récord de 2022 y 2023—, apoyándose en registros históricos de la Aemet, en observatorios centenarios como el del Retiro o el de Igueldo y en noches tropicales de octubre en la cornisa cantábrica. Pero el calor es solo la puerta de entrada. El recorrido sigue por la sequía y el estrés hídrico, los incendios de sexta generación, los patógenos que encuentran acomodo en un rango térmico nuevo, el desajuste entre la floración adelantada y el primer vuelo de los insectos, y el mapa cambiante de especies que ganan y pierden.
Luego entra en lo humano: viñedos del sur en apuros mientras florecen las bodegas de montaña, olivares fuera de su rango térmico, cereales condenados al regadío, ciudades que amplifican el calentamiento y matan sobre todo a los mayores y a las rentas bajas, y un turismo —más del doce por ciento del PIB— que podría desplazar sus destinos y sus fechas hacia el norte y hacia la primavera. También aborda la política del clima: negacionismos, perdedores de la transición y una nueva fisura que se suma al eje ideológico y al territorial.
El cierre no es catastrofista ni consolador. El autor repasa lo que sí se está haciendo para mitigar y adaptarse, recuerda que reciclar vidrio y papel también pareció impensable, y devuelve la pregunta al lector: qué está haciendo cada uno. El paisaje de la infancia no volverá, pero la diferencia entre un mundo dos grados más cálido y otro cuatro grados más cálido todavía se decide.
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