Una noche de agosto en Madrid, con la ciudad vacía y el asfalto devolviendo el calor acumulado, Rai baja la basura en pantalón corto y no vuelve. Un año después, cuando Julia empieza a resignarse a no saber, un desconocido la llama por…
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Una noche de agosto en Madrid, con la ciudad vacía y el asfalto devolviendo el calor acumulado, Rai baja la basura en pantalón corto y no vuelve. Un año después, cuando Julia empieza a resignarse a no saber, un desconocido la llama por teléfono: su mujer desapareció exactamente el mismo día.
Hace calor. Es agosto en Madrid y son casi las once de la noche, pero el aire sigue detenido entre las ventanas abiertas de un sexto piso en un barrio nuevo, de esos con jardines pequeños, pisos aún sin habitar y calles que se quedan desiertas en cuanto anochece. Rai y Julia llevan años juntos: una hipoteca a quince, unas vacaciones organizadas para no coincidir con la hermana de ella, discusiones de rutina que se apagan solas. Esa noche discuten por quién baja la basura. Rai sale con lo puesto —camiseta, pantalón corto, los bolsillos vacíos— para cruzar una calle por la que apenas pasan coches. No regresa.
Lo que sigue es la lenta comprobación de que no hay nada que comprobar. La policía investiga el entorno familiar, el trabajo, los amigos; revisa cuentas, tarjetas, movimientos. Nadie vio nada, nadie oyó nada, no hay deudas, ni amenazas, ni cadáver, ni amante conocida. A falta de indicios, la hipótesis cómoda se impone sola: un hombre de cierta edad harto de su pareja que decide desaparecer. Julia la rechaza y a la vez no consigue apartarla, sobre todo cuando su hermana Alicia la repite con la seguridad de quien nunca ha dudado de nada. La sospecha se le extiende por dentro como una mancha de aceite, hasta ocupar el sitio donde deberían estar las respuestas.
Pasa un año. Julia aprende a sobresaltarse menos cuando suena el teléfono y empieza a aceptar que quizá tenga que vivir con la pregunta abierta, como se vive con un accidente o con una enfermedad que llega sin avisar. Entonces llama Marcos Garmendia. Ha seguido el caso en los periódicos y en Internet, no pertenece a ninguna asociación de familiares, no pide nada salvo una conversación en un café: quiere saber cómo se sobrelleva, con qué trucos, a costa de qué. Su mujer también se marchó sin dejar rastro. El mismo día.
La cita en un local de moda del centro, entre gente que discute de actualidad y camareros que sirven cervezas, abre la parte más inquietante del relato: dos desconocidos unidos por una coincidencia que puede no significar nada o significarlo todo, cada uno midiendo lo que cuenta y lo que calla. La novela avanza por ahí, en el terreno donde la necesidad de una explicación pesa más que la verdad, y donde buscar consuelo y buscar culpables terminan siendo el mismo movimiento.
Escrita con diálogo seco y una mirada irónica sobre la clase media urbana —sus hipotecas, su televisión de madrugada, sus certezas sobre el matrimonio ajeno—, esta es una historia de desaparición que se interesa menos por el enigma policial que por lo que la ausencia hace con quienes se quedan. El calor no es aquí un decorado: es la sensación física de una espera que no cede, pegada al asfalto, imposible de ventilar.