Claudia Pérez, abogada madrileña de 32 años, se impone un reto para diciembre: veinticuatro citas, una por día, siempre a las seis y en la misma cafetería, con la esperanza de no volver a pasar la Navidad sola.
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Claudia Pérez, abogada madrileña de 32 años, se impone un reto para diciembre: veinticuatro citas, una por día, siempre a las seis y en la misma cafetería, con la esperanza de no volver a pasar la Navidad sola. Lo que empieza como una apuesta entre amigas se convierte en un recorrido por hombres muy distintos —y por sí misma— mientras la ciudad se llena de luces.
El 1 de diciembre, Claudia Pérez despierta con una decisión tomada. Tiene 32 años, una carrera sólida en derecho corporativo y una vida que, vista desde fuera, parece completa; por dentro, sin embargo, arrastra el cansancio de las cenas familiares donde su soltería es el chiste de siempre. Entre copas de vino y risas, en una cena con amigas, había prometido algo desmedido: encontrar el amor antes del 24 de diciembre. Ahora convierte esa promesa en un plan concreto, un calendario de adviento amoroso de veinticuatro casillas, una cita por día, siempre a la misma hora y en el mismo sitio.
Ese sitio es La Posada del Café, un local cálido a pocas calles de su despacho, regentado por Miguel y Teresa, una pareja mayor que ha llenado el lugar de luces doradas y adornos. La mesa junto a la ventana se vuelve escenario fijo, y Miguel, con sus guiños y sus comentarios de padre bienintencionado, se convierte en el testigo silencioso de cada intento y cada fracaso. Fuera, Madrid acompaña con mercadillos, castañas asadas, escaparates encendidos y una nieve fina que va cubriendo la ciudad.
El desfile empieza con David, un compañero de despacho elegido por seguridad: correcto, puntual, incapaz de salir del registro laboral, y una despedida con apretón de manos que lo dice todo. Le sigue Álvaro, entrenador personal de energía inagotable que pide un batido de proteínas en plena cafetería navideña y rechaza las galletas de jengibre como si fueran veneno. Después llega Sergio, profesor de filosofía que sí sabe escuchar y que le ofrece la conversación más honesta en años —sobre la Navidad como símbolo de una pertenencia que todos buscamos sin saber nombrarla—, aunque la chispa no aparezca. Y luego Jorge, pintor bohemio de Malasaña, que habla de los colores como emociones vivas, la lleva a su estudio y le pone un pincel en la mano para que deje su huella en un cuadro a medio hacer.
Entre cita y cita, Claudia vuelve a su apartamento, enciende las luces del árbol, se sirve una copa de vino y anota impresiones en un diario. Ahí, más que en la mesa de la cafetería, va ocurriendo lo importante: descubre que necesita calidez más que perfección, que la conexión no se fuerza, que las tradiciones pequeñas —hacer galletas con su madre— pesan más que los gestos grandiosos. Su amiga Laura brinda por cada nuevo intento y la empuja a no rendirse.
Escrita como una novela de adviento, con un capítulo por día de diciembre, la obra avanza al ritmo de una cuenta atrás. Cada encuentro es un retrato breve y reconocible, y el conjunto dibuja algo más ambicioso: el momento en que buscar pareja deja de ser una carrera contra el calendario y se convierte en la manera que encuentra Claudia de volver a habitar su propia vida.
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