Un poemario donde la lluvia funciona como memoria: cae sobre la mesa de trabajo, sobre las fotos enmarcadas, sobre los nombres que ya no responden.
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Un poemario donde la lluvia funciona como memoria: cae sobre la mesa de trabajo, sobre las fotos enmarcadas, sobre los nombres que ya no responden. La voz que habla es una mujer que observa la calma del mundo —los castaños, las lagartijas quietas en la pared, el gato enroscado— y admite que no ha sabido aprender esa lección. De ahí nace el libro: del desajuste entre el ritmo sereno de lo vivo y el insomnio de quien mide el tiempo con relojes y amores. El mar, la navegación y sus nombres precisos dan cuerpo al amor que hubo; el humor y la ironía cotidiana sostienen lo que vino después.
El libro se abre con una tarde en calma y una constatación incómoda: todo alrededor —la flor de pascua que crece sin espejos, los pájaros al fondo, las lagartijas engarzadas en el muro— obedece a una lógica orgánica que la voz poética no logra imitar. Esa distancia entre el mundo, que sabe estar, y quien lo mira sin conseguirlo, es el motor de todo el conjunto. Desde ahí se despliega una escritura que alterna la contemplación con la autoironía y que nunca se refugia demasiado tiempo en la solemnidad.
La lluvia es el hilo que enhebra las piezas. Aparece como clima, como recuerdo y como personaje: espera fuera de la casa con los ojos suplicantes, quiere dormirse entre los libros, aspira a salir en la foto de la mesa. Cada vez que llueve, el poema regresa a un tiempo compartido —Bach y los naranjos, los catarros, las manías mutuas, el lujo de poder ignorarse y disfrutar del silencio— y a la sospecha de que aquellos quizá fueran los últimos días de lluvia.
El amor toma la forma de una cartografía marina. Hay besos que conocen los cuatro puntos cardinales, deseos que atracan en su rompeolas, redes que vuelven a casa llenas de certidumbres. El otro es grumete, timonel y capitán a la vez; la que escribe se reconoce sirena varada, incapaz de aprender la nomenclatura de amuras y drizas, pero segura de haber estado en la cresta de la ola. Ese léxico náutico —piratas, catalejos, palos mayores, tesoros enterrados a dos leguas del pecho— convierte la biografía sentimental en travesía, con sus bonanzas y sus naufragios.
Junto a esa vena elegíaca corre otra, deliberadamente terrestre y cómica. Un supermercado se vuelve laberinto de Knossos, con un teseo inútil y un minotauro que pretende llevarse un rosal chino; un tendero cavernario que confunde el papel de forrar con la primavera termina inundando de armonía la tarde madrileña. El poema hace sitio a la VISA, al yogur caducado, a los amigos que traen esquejes de novios cada fin de semana con la esperanza de que alguno arraigue. La risa aquí no anula el desamparo: lo hace habitable.
Una sección de aire distinto, escrita en la tradición de las cantigas de amigo, aligera el tono hasta lo casi popular: versos breves, un amigo que llama y no llega, la noche de San Juan, un vestido del que vuelan mariposas, el oro que al final fue carbón. Y hacia el tramo último el libro se adensa: llegan la soledad como isla que gira alrededor de su propio tesoro, la advertencia de dar tiempo al corazón antes de que el hielo retire el examen, el triste que se quita la cara de bobo para revisar de cerca sus vísceras, y una carta que no llega y que acaba escribiendo la poesía en su lugar.
Es una obra de intimidad sin impudicia, atenta a las cosas pequeñas —una jugada de ajedrez, un albornoz, un disco viejo, unas zapatillas yendo y viniendo al servicio del insomnio— y capaz de sostener el duelo sin renunciar al humor. Interesará a quien busque poesía contemporánea en español donde el amor, la pérdida y el oficio de crecer se cuenten con imágenes concretas, oído musical y una voz que se mira a sí misma sin indulgencia.