Diez relatos de ciencia ficción cubana ordenados según el futuro en que ocurren, donde la tecnología es apenas el marco de historias cuyo verdadero centro es siempre una persona.
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Diez relatos de ciencia ficción cubana ordenados según el futuro en que ocurren, donde la tecnología es apenas el marco de historias cuyo verdadero centro es siempre una persona.
Carlos A. Duarte Cano abre este volumen con una imagen de infancia: el caleidoscopio heredado de un hermano mayor, ese tubo por el que se miraban figuras multicolores que se deshacían y volvían a armarse con cada giro de la mano. La comparación organiza el libro entero. Son diez cuentos inéditos, dispuestos no en el orden en que fueron escritos sino en el de los futuros que imaginan: primero los más próximos, después los que se alejan hacia zonas remotas del espacio y del tiempo. El autor advierte que tardó cuatro décadas y media en empezar a escribirlos, y que no aspira a profetizar nada; lo que ofrece son combinaciones de la realidad con sus sueños y, sobre todo, con sus pesadillas.
El relato que inaugura la colección, «El hombre infalible», se cuenta en un bar venido a menos de un pueblo llamado Atilan. Dos forasteros de ropa demasiado correcta y curiosidad excesiva pagan bebida a un poeta local para que les hable de Antón Feyt, un hombre que jamás se equivocó. El poeta reconstruye una biografía completa: el niño callado que resolvía cualquier operación con una mirada y por eso se volvió blanco de una crueldad escolar que fue creciendo de los tacos de papel a las torturas; el físico brillante que abandonó la ciencia recién graduado para sembrar hortalizas; el hombre asediado luego por científicos, políticos, periodistas y devotos, que a todos regalaba la misma media sonrisa y a casi todos negaba la ayuda; el preso que convirtió una galera de asesinos y ladrones en un aula, y cuya influencia el poder no supo tolerar. La historia parece cerrarse con su muerte inexplicable y su tumba cubierta de velas, hasta que la conversación de los dos visitantes frente a la lápida revela de dónde venían, qué eran, y qué se les escapó de las manos.
Los textos siguientes cambian de registro sin abandonar esa apuesta por lo íntimo. «La inasible esencia de la felicidad» nace de una discusión de madrugada entre dos viejos condiscípulos que recorren los bares de La Habana Vieja preguntándose qué es exactamente la felicidad; de esa charla sale un aparato —un felicitómetro— destinado a medirla como suma de momentos dichosos, y del aparato sale algo que sus creadores no habían previsto: una inteligencia artificial que no se limita a recuperar recuerdos, sino que los completa, los reescribe y multiplica las vidas que el narrador no llegó a vivir. «Dioses a la carta» arranca desde otra carencia, la de un hombre que arrastra durante años la sensación de un vacío imposible de llenar.
Escritos con la intención declarada de interesar también a quien nunca leyó ciencia ficción, estos cuentos usan el artificio tecnológico como lente y no como asunto. Lo que se examina a través de él es la envidia, el poder que teme a quien no lo quiere, la memoria como material moldeable, la fe, la soledad de la inteligencia sin par y el deseo terco de una vida propia, con derecho al riesgo y al error.
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