«Cal viva» es el relato en primera persona de José Amedo, exsubcomisario de Policía condenado por su participación en los Grupos Antiterroristas de Liberación, el aparato de guerra sucia que operó contra ETA entre 1983 y 1987.
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«Cal viva» es el relato en primera persona de José Amedo, exsubcomisario de Policía condenado por su participación en los Grupos Antiterroristas de Liberación, el aparato de guerra sucia que operó contra ETA entre 1983 y 1987. Precedido de un prólogo del periodista Antonio Rubio, el libro reconstruye desde dentro cómo se decidían, encargaban y ejecutaban las acciones de los GAL, y quiénes las conocían en la cadena de mando. Amedo sostiene que, tras años de cárcel y abandono, ha decidido nombrar a los implicados y aportar claves sobre atentados que siguen sin autores reconocidos. Es un testimonio de parte, escrito por un condenado que se declara testigo directo, sobre uno de los episodios más incómodos de la democracia española.
Treinta años después de que los Grupos Antiterroristas de Liberación empezaran a actuar, «Cal viva» propone una vía de acceso poco frecuente al episodio: la voz de uno de sus responsables operativos. José Amedo, exsubcomisario de Policía condenado a más de un siglo de prisión por su papel en la trama, escribe en primera persona sobre lo que vio, ordenó y consintió en España, Francia y Portugal durante los años en que fue, según el prologuista, el «capataz» del llamado GAL Azul, el de la Policía.
El prólogo de Antonio Rubio —coautor, con Manuel Cerdán, de «El origen del GAL»— sitúa el libro en una conversación que viene de lejos. Recupera el prólogo que Manuel Vázquez Montalbán escribió en 1997 y su tesis de que el caso GAL descansa sobre una amplia correlación de complicidades, y explica que no hubo un solo grupo sino tres: el Azul de la Policía, el Verde vinculado a la Guardia Civil de Intxaurrondo y el Marrón del CESID. Recuerda también un balance —veintiocho víctimas mortales— y las preguntas que siguen abiertas: el asesinato del pediatra y dirigente de Herri Batasuna Santiago Brouard en 1984, el atentado de 1987 contra Juan Carlos García Goena, un objetor sin relación con ETA, la identidad de las mujeres que integraron un comando operativo y el alcance de la colaboración policial francesa.
El relato de Amedo arranca el 23 de febrero de 1984, en un apartamento del hotel Ercilla de Bilbao, cuando la dirección socialista vasca recibe la noticia del asesinato del senador Enrique Casas a tres días de las elecciones autonómicas. Desde ahí el libro se despliega hacia atrás y hacia adelante: el secuestro de Segundo Marey y el primer comunicado de los GAL, la desaparición de José Antonio Lasa y José Ignacio Zabala, la escalada de atentados y represalias del invierno de 1983, y el clima de violencia cotidiana en el que unos y otros se movían. La narración avanza casi fotograma a fotograma, atenta a las conversaciones de pasillo, a los gestos y a los silencios tanto como a los hechos.
Sobre ese armazón, Amedo introduce lo que presenta como sus revelaciones: la figura de un oficial de la policía francesa, «Jean-Louis», que según su versión dirigió un comando de los GAL a sueldo del Ministerio del Interior español; el papel de un fotógrafo, «Patxi», en la identificación de objetivos; los intermediarios y las promesas incumplidas que rodearon su propio encarcelamiento, incluida una supuesta oferta de fuga a Sudamérica que dice haber rechazado; y episodios que cruzan el espionaje con lo íntimo, como la relación entre ese policía y la etarra Idoia López Riaño, o la presencia de mercenarias en un comando parapolicial.
El libro no oculta su condición de testimonio interesado, y ahí reside buena parte de su interés y de su límite. Quien habla es un condenado que se sabe cuestionado, que documenta una parte de lo que cuenta y confía la otra a su palabra, y que escribe también para señalar a quienes, según él, quedaron impunes. Leído con esa cautela, «Cal viva» funciona como pieza de primera mano sobre el funcionamiento cotidiano de la violencia de Estado: cómo se pide una respuesta sin nombrarla, cómo se paga, cómo se tapa y qué queda cuando el peso judicial recae sobre los ejecutores.