Nico tiene dieciocho años, una memoria hecha de fragmentos y un pasado que prefiere no recordar del todo. Recluido por voluntad propia, intenta reconstruir cómo llegó hasta ahí: las noches en blanco, los despertares en lugares que no…
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Nico tiene dieciocho años, una memoria hecha de fragmentos y un pasado que prefiere no recordar del todo. Recluido por voluntad propia, intenta reconstruir cómo llegó hasta ahí: las noches en blanco, los despertares en lugares que no reconoce, los testimonios de policías y vecinos que describen a un hombre que actúa con su cuerpo pero no responde a su nombre. Lo llaman Caín, y aparece cada vez que Nico se queda paralizado ante la violencia ajena. Entre una amistad que nunca supo declararse y un diagnóstico que llega demasiado tarde, esta es la crónica de alguien que quiso ayudar y terminó descubriendo hasta dónde puede llegar quien decide, por cuenta propia, quién merece castigo.
Todo empieza con un cigarrillo que no estaba en el paquete. Nico sale de madrugada a comprar un atado a dos cuadras de su casa, descalzo y sin sospechar nada, y encuentra a una joven acorralada por un grupo de siete. Quiere intervenir; no puede. El pulso se le acelera, las manos se le humedecen, el cuerpo se le vuelve ajeno, y entonces todo se apaga. Cuando despierta, los siete están tendidos en el asfalto y la chica —que sabe su nombre, aunque él no la conozca— llama al 911 antes de desaparecer en la oscuridad sin dejarle más que una palabra leída en los labios: gracias.
A partir de ese hueco en la memoria, la novela avanza como un álbum incompleto. Nico va y viene entre el presente de su encierro y los episodios que consigue rescatar: la mañana de Año Nuevo en que amanece en una celda sin recordar por qué, frente a un inspector que le pone grabaciones y un video donde un hombre idéntico a él habla del infierno con una serenidad recitada antes de destrozar a dos policías; la tarde de verano en que los gritos de una niña cruzan la calle y el barrio entero se queda mirando, convertido en público de una escena que nadie se atreve a interrumpir. En cada una de esas veces, cuando el miedo lo clava en el lugar, alguien más toma el mando. Su amigo Leandro le puso nombre: Caín. Y Caín no duda, no negocia y no se contiene.
En paralelo corre lo que Nico sí recuerda con nitidez dolorosa: Natalia, la chica de pelo teñido y mechones verdes que lo desafió el primer día de facultad y se volvió, junto a Leandro, el centro de su vida. La quiso en silencio durante años, le sirvió de confidente y de custodio en cada salida, se conformó con los destellos de ternura que llegaban una vez de cada diez, y nunca se animó a decirle lo que sentía por miedo a perderla. La irrupción de Alejandro le arranca a esa historia los últimos colores.
Cuando el diagnóstico llega, los padres consiguen una junta médica, aparecen los antipsicóticos y las sesiones semanales con el Dr. Domínguez, que se propone entender en lugar de sedar. La terapia saca a flote lo que estaba en la raíz: una necesidad casi compulsiva de acudir en auxilio de otros, entrenada durante años en el gimnasio y en las artes marciales, y sin ningún lugar seguro donde descargarse. Pero el tratamiento no alcanza a cerrar todas las puertas, y Nico ya sospecha que lo que vio es apenas la punta del iceberg.
Narrada en primera persona, con la voz de alguien que confiesa sin buscar indulgencia y que a veces se refiere a sí mismo en tercera, la novela sostiene una pregunta incómoda: qué pasa cuando el impulso de proteger se emancipa del hombre que lo siente. Nico está convencido de haber cometido el peor pecado posible —decidir por los demás qué merece perdón y qué merece castigo, jugar a ser Dios— y de que ni diez vidas le bastarían para perdonarse lo que le hizo a ella. Escribe, dice, no para justificarse, sino para desahogarse antes de enloquecer. Lo que queda en pie, al final, es la constancia de un intento que salió mal: quiso repartir felicidad y sembró dolor y lágrimas, y al menos ahora nadie puede decir que no lo intentó.