Tomás y Eva se reencontran en un café oscuro después de cuatro años de ausencia. Mientras la tarde se desvanece afuera, comparten cerveza, cigarrillos y relatos sobre sus vidas separadas.
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Tomás y Eva se reencontran en un café oscuro después de cuatro años de ausencia. Mientras la tarde se desvanece afuera, comparten cerveza, cigarrillos y relatos sobre sus vidas separadas. Eva narra su aventura en Roma: trabajo como fotógrafa, una relación apasionada con Giuliano y cómo aprendió a vivir en una ciudad extranjera. Tomás, por su parte, revela sus años universitarios y su obsesión por Lucía, una misteriosa chica del cine club. En este encuentro resurgen emociones dormidas y la complejidad de retomar una conexión interrumpida por el tiempo y la distancia.
En un café oscuro de la ciudad, Tomás aguarda con nervios contenidos. Cuatro años han transcurrido desde que vio alejarse a Eva, y aunque creía que jamás volvería a verla, aquí está, cruzando el halo de luz que penetra por la puerta.
Eva desciende las escaleras del café con naturalidad, se sienta frente a él sin ceremonias y comienza el reencuentro que ambos esperaban sin admitirlo.
Lo que sigue es un intercambio íntimo de historias que tejen dos vidas paralelas. Eva describe su travesía romana con vivacidad. Llegó a Roma con poco más que una maleta y esperanza, se hospedó con Simona y su gato tuerto Vittorio. En un bar del Trastevere conoció a Giuliano, un italiano apasionado de literatura que le abrió las puertas a un mundo nuevo.
Durante dos años, la vida de Eva fue de ensueño. Trabajó como fotógrafa en Il giornale romano, consiguiendo portadas memorables: fotografías de altercados antiglobalización en Via dei Fori Imperiali y la marea azul de aficionados durante la victoria mundial de 2006. Exploraban los lagos Albano y di Nemi en Vespa, pasaban fines de semana en Santa Marinella donde la madre de Giuliano preparaba pesto casero con albahaca del jardín. El italiano le enseñó a amar su tierra adoptiva.
Pero cuando Giuliano obtuvo una beca para doctorado en Londres, Eva enfrentó su primer gran decisión: seguirlo o quedarse. Eligió quedarse. Eligió su independencia, su trabajo reconocido, el idioma dominado, la ciudad que había llegado a amar. Las promesas de visitas mensuales desaparecieron ante los pubs londinenses y una tal Natalie. Solo una carta llegó, sin ni siquiera una llamada. Eva respondió con palabras afiladas.
Ahora es Tomás quien debe contar su propia historia. Pasó sus años universitarios huyendo en coche por la playa, fingiendo estudiar. Terminó la carrera y comenzó a trabajar como periodista, persiguiendo las tonterías de los políticos. Pero lo que marca su relato es Lucía, la chica del cine club que se sentaba dos butacas a su derecha.
Después de ver «Al final de la escapada», Lucía se acercó pidiendo un cigarrillo. Conversaron sobre cine, compartieron cerveza. Ella anotó su número en una servilleta, sin darle el suyo porque los móviles la esclavizaban a una sociedad de consumo. Tomás esperó una llamada que nunca llegó. Las semanas siguientes, Lucía desapareció del cine club. La obsesión comenzó: investigó en la facultad, se enteró de que llevaba meses sin asistir a clase, localizó la casa en el casco antiguo donde vivía.
El relato se interrumpe en máxima tensión, justo cuando Tomás, anocheciendo, se acerca a esa puerta desconocida. En este café oscuro, dos personas reviven los años que los separaron, confrontando sus elecciones, sus sacrificios y los sueños que persiguieron o abandonaron.
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