Narrada en primera persona y en presente, esta novela sigue a Laura, una profesional madrileña que gestiona conflictos laborales desde un despacho del edificio Magna y que sobrelleva la rutina a base de café, sarcasmo y monólogo interior.
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Narrada en primera persona y en presente, esta novela sigue a Laura, una profesional madrileña que gestiona conflictos laborales desde un despacho del edificio Magna y que sobrelleva la rutina a base de café, sarcasmo y monólogo interior. Un lunes cualquiera se convierte en el punto de inflexión: una denuncia sindical en la planta de Barcelona obliga a la empresa a enviarla allí junto a Javier, el técnico de prevención al que lleva demasiado tiempo deseando en silencio. Entre despertadores, autobuses abarrotados, dietas incumplidas y dos amigas que le sostienen la cordura, el relato mezcla comedia costumbrista de oficina con una tensión erótica que promete desbordar el terreno profesional.
Todo empieza a las seis y media de la mañana, con un gato tirando de las sábanas y una nevera demasiado verde. Laura, la narradora de esta historia, describe su vida con una voz irónica y sin filtros: el autobús de cuarenta y cinco minutos, las calles grises de Madrid, la recepcionista sonriente del edificio Magna, los ciento noventa y cinco correos que la esperan cada lunes y los zapatos de tacón que se quita en cuanto cruza la puerta de su despacho. La comedia del día a día es aquí un lenguaje propio: la autora construye el personaje menos por lo que hace que por lo que piensa mientras lo hace.
El detonante llega en forma de correo corporativo. La representación sindical de la planta de Barcelona ha presentado una denuncia por salarios, antigüedad y falta de medidas de seguridad, justo cuando se ha filtrado que el centro va a deslocalizarse. Con la compañía ya bajo la mirada de la prensa internacional tras despidos en Chicago y Londres, la dirección europea exige que Laura viaje personalmente a resolverlo. La acompañará Javier, del departamento de prevención de riesgos laborales: competente, sereno, de ojos azules y con la costumbre de llamarla «niña», una palabra que la enfurece tanto como la desarma.
De ahí nace la tensión que vertebra el arranque de la novela. En la reunión de trabajo, Laura es incapaz de escuchar: la escena se disuelve en una fantasía detallada que el texto entrega sin pudor y de la que ella regresa fingiendo criterio profesional. La atracción no aparece como romance idealizado, sino como un problema práctico —deja de ser eficiente, se convierte, según sus propias palabras, en un perrito faldero— y como una carencia que reconoce sin rodeos: demasiado tiempo sin un hombre que sepa llevarla a otro nivel.
La otra mitad del libro late en la amistad femenina. Helena, pelirroja de ojos verdes, vive rodeada de objetos caros que apenas disimulan una soledad de fondo; recibe a Laura con una camilla de masaje, pizza y la orden de saltarse la dieta. Eva, «la Tata», es la contraparte: la que conduce, la que pregunta hasta el fondo, la que la obliga a mirarse al espejo y recordar que ya ha superado situaciones así. Entre reggaetón a todo volumen, cigarrillos compartidos y un camarero eternamente incompetente, estas escenas funcionan como el verdadero refugio de la protagonista.
El prólogo advierte, con guiño cómplice, que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia —«¿o no?»— e invita a quien se reconozca a atreverse a mirar. Ese tono, sumado al glosario BDSM que cierra el volumen, señala hacia dónde se dirige el recorrido de Laura a lo largo de sus trece capítulos: del deseo contenido y la fantasía privada hacia una exploración más explícita y consciente de sus propios límites. Una obra de voz reconocible, humor ácido y erotismo declarado, escrita para lectoras adultas que disfrutan viendo cómo una mujer harta de su rutina decide, por fin, dejar de conformarse.