Desde la celda en la que cumple condena, un hombre sin nombre decide poner por escrito cómo llegó hasta allí. «Cadena Perpetua», de Sabiha Belm, es el relato en primera persona de una vida marcada por la pobreza rural, una familia…
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Desde la celda en la que cumple condena, un hombre sin nombre decide poner por escrito cómo llegó hasta allí. «Cadena Perpetua», de Sabiha Belm, es el relato en primera persona de una vida marcada por la pobreza rural, una familia gobernada por el miedo y una emigración que prometía otro destino. Precedida por un prólogo de la autora sobre quienes cruzan fronteras para reunirse con los suyos, la novela alterna la ternura del recuerdo con una voz áspera, provocadora y sin filtros, que interpela al lector tanto como se acusa a sí misma.
Un narrador que se niega a dar su nombre —porque, sostiene, un nombre no explica nada— toma la palabra desde el encierro. Tiene tiempo de sobra y ninguna reputación que proteger, y con esa doble libertad emprende la crónica de su propia vida: no un alegato ni una disculpa, sino el intento de entender qué cadena de hechos, humillaciones y decisiones lo condujo a una celda de la que ya no espera salir.
La historia arranca lejos, en una aldea remota de tierras secas donde no hay electricidad, agua corriente ni futuro. Allí, bajo el mismo techo, conviven tres generaciones sometidas a la autoridad de un abuelo despótico: un hombre enriquecido tras años de trabajo en Europa que, sin embargo, obliga a los suyos a vivir en la miseria, niega estudios a sus hijos, los emplea sin salario en sus tierras, negocia el matrimonio de su hija adolescente como quien cierra un trato y castiga a su mujer con una crueldad rutinaria. Alrededor de esa figura se ordena la infancia del protagonista: un mundo de trueques entre vecinos, mercados semanales, helados comprados con el dinero de la escuela y silencios aprendidos demasiado pronto.
Sabiha Belm construye ese universo con un realismo doméstico muy físico —la cocina de leña, el agua fresca en jarros de barro, la ropa vieja, el bastón que amenaza— y lo contrapone al deseo de huida que recorre a toda la familia. La emigración aparece entonces menos como una aventura que como una salida forzada: la de quien elige entre condenar a sus hijos a repetir su vida o arriesgarlo todo por algo distinto. Ese pulso entre la tierra que expulsa y el país que recibe a medias es el hilo que conecta el prólogo autobiográfico de la autora con la ficción que le sigue.
La voz del narrador es el gran hallazgo del libro y también su mayor incomodidad. Habla con rabia contra una sociedad que juzga sin mirar, desconfía del lector, se contradice, ironiza, avisa de que quizá no cuente lo que ocurrió sino lo que cree que ocurrió. Sus juicios —sobre las mujeres, sobre Occidente, sobre su propia cultura— no se ofrecen para ser compartidos, sino como el residuo de una educación sentimental hecha de violencia heredada. El resultado es un retrato que la novela no suaviza: alguien capaz de conmover al recordar a su madre o a su abuela y de repugnar en la frase siguiente.
Con el subtítulo «más realidad que ficción» como advertencia, «Cadena Perpetua» se lee como un testimonio novelado sobre el patriarcado rural, los matrimonios impuestos, las familias partidas por una frontera y el precio que se paga por crecer sin afecto. Un libro incómodo por vocación, que no busca la simpatía del lector ni la absolución de su protagonista, y que deja abierta la pregunta de cuánto de una vida se decide antes de que uno pueda elegir.
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