En Herne Lodge, una casa de campo a sesenta millas de Londres, la hora del té reúne a un editor aficionado a los títeres, a su ahijada dos veces viuda y a su sobrina pintora, empeñada en retratar la miseria del East End.
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En Herne Lodge, una casa de campo a sesenta millas de Londres, la hora del té reúne a un editor aficionado a los títeres, a su ahijada dos veces viuda y a su sobrina pintora, empeñada en retratar la miseria del East End. La conversación —cortés, luego filosa— gira alrededor de un libro anónimo que escandaliza, de un compromiso matrimonial que se resquebraja y de un pintor de genio con fama de sátiro que vive al final del pueblo. Cuando cae la primera llovizna del invierno, cada uno sale hacia un destino distinto: un tren, un taller, un paseo bajo el agua. «Cadena de crímenes», de Peter Coram, empieza así, con la cortesía de una comedia de costumbres, y va tensando los hilos hasta que la trama exige la presencia de Scotland Yard.
Gilbert Fawcett regresa de una semana fuera y encuentra el té servido y el jardín deshojado. Es editor, célibe entrado en años, y ha convertido en pasión tardía el estudio de los títeres: distingue con fervor de sectario entre las marionetas de hilo y los puppets que se calzan como un guante. Bajo sus cabellos blancos conserva unos ojos de inocencia infantil y una debilidad confesada por rodearse de mujeres jóvenes, que él llama, con humor, un deber primordial.
En su casa vive Fulvia Walden, su ahijada, llegada de África del Sur convertida en un espectro y restablecida ahora hasta recobrar la blancura mate de su piel. Fulvia ha enterrado dos maridos en pocos años y presenció ambas muertes: el avión de Bertram estrellándose contra el suelo, el automóvil de Roger volcando y ardiendo. Habla de esas catástrofes con una serenidad que inquieta más que el llanto, y admite que la segunda pérdida la conmovió menos que la primera. Su fortuna, además, sigue pendiente de un arreglo de asuntos que aún puede dejarla en la calle.
El otro polo de la casa es Janet, sobrina de Fawcett: joven, apasionada, intransigente, pintora de andrajosos y de mujeres embrutecidas por el alcohol. Su prometido, Neville Carswell, negociante en cuadros y doce años mayor, sólo concibe el arte antiguo y la trata como a una chiquilla a la que hay que imponerle gustos. La discusión de esa tarde acumula prohibiciones: no debe pintar temas repugnantes, no debe ilustrar «Los Amantes Crueles» —una novela cruda que llegó a la editorial firmada con el seudónimo «Verax», sin dirección de remitente y con el pedido expreso de no develar jamás la identidad del autor—, y no debe visitar sola a Josiah Ellis. Janet responde a las tres cosas del mismo modo, y se marcha dando un portazo.
Ellis es el pintor más grande de su tiempo y también el hombre peor reputado del pueblo: violento, meticuloso hasta la manía, rodeado de modelos que recoge en la calle. Janet llega empapada y con media hora de retraso a su casucha de ladrillos, y descubre a un anfitrión que ya se iba, abrigado y con los guantes puestos, y que decide volver a entrar para ver sus dibujos. Mientras tanto Neville corre bajo la lluvia hacia el tren de las cinco y cuarenta y dos —el siguiente no pasa hasta las seis y treinta y cuatro—, Fulvia sale a caminar con su impermeable y Fawcett se retira a su biblioteca con la pipa y un boletín sobre teatro de títeres. La precisión de esos horarios no es un adorno: es el material con el que después habrá que reconstruir una tarde.
Peter Coram arma su relato como una partida de piezas nítidas —el editor, el genio, las dos mujeres, el prometido autoritario, los marchands rivales— y deja que la vida artística de Londres, con sus rencores de galería y sus reputaciones en juego, provea los móviles. El elenco anuncia lo que la primera tarde apenas insinúa: entre los nombres figuran un segundo negociante en cuadros y el inspector en jefe Murrell, de Scotland Yard. La acción se reparte entre el campo, los alrededores de Londres y la capital, y avanza por eslabones: cada gesto de cortesía, cada terquedad, cada horario de tren queda disponible para cuando alguien deba explicar dónde estuvo y por qué.
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