Adriana Lucas ha construido su vida adulta sobre la fuga: relaciones sin ataduras, fines de semana que se disuelven en el olvido y una regla no escrita según la cual nadie se queda el tiempo suficiente para hacerle daño.
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Adriana Lucas ha construido su vida adulta sobre la fuga: relaciones sin ataduras, fines de semana que se disuelven en el olvido y una regla no escrita según la cual nadie se queda el tiempo suficiente para hacerle daño. La noticia de la muerte de Laura Falcó, la mujer que fue su abuela sin serlo, la obliga a regresar a la hacienda donde creció, y con ella a Marcos y a Helena, los hermanos con los que compartió una infancia entera antes de que el primer amor y la primera herida la empujaran a marcharse. Entre una citación notarial y una despedida familiar, Adriana deberá decidir si sigue huyendo hacia delante o se detiene por fin a mirar de frente lo que dejó sin cerrar.
Marien Koan firma esta novela a partir del relato breve ‘Amor a través del tiempo’, de Mª Alejandra Miranda, y construye a partir de esa semilla un retrato amplio de Adriana Lucas, una mujer de treinta y tres años que ha decidido vivir sin teléfono móvil, sin compromisos y sin más brújula que su propio deseo. Sus fines de semana se disuelven en despertares confusos y desconocidas cuyo nombre apenas recuerda; sus vínculos más estables, como el que mantiene con Leia, se sostienen precisamente en la distancia y en la promesa tácita de no pedirse nada. Es una vida diseñada para no volver a perder a nadie, porque Adriana ya perdió antes lo que más quería: la hacienda de olivos y algarrobos donde creció junto a Marcos y Helena, los nietos de Laura Falcó, la mujer que la acogió como si fuera de su propia sangre. Cuando un mensaje en el contestador le anuncia la muerte de Laura y una carta certificada la cita para la lectura de su testamento, Adriana se ve obligada a regresar a un lugar del que llevaba años huyendo. Allí la esperan Marcos, que nunca dejó de quererla, y Helena, con quien la relación se enfrió hasta convertirse en una distancia incómoda que ninguna de las dos supo nombrar. La novela avanza entre el presente de ese regreso y las capas de un pasado que Adriana creía superado, explorando cómo el duelo, la memoria y los afectos no resueltos pueden reabrir puertas que parecían cerradas para siempre. Con un tono íntimo y sensorial, ‘Cada vez que no me miras’ habla de la distancia que a veces ponemos entre nosotros y quienes más nos importan, y de lo que ocurre cuando la vida —o la muerte— nos fuerza a mirar de nuevo.
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