Hana Hong tiene veintiún años, estudia Bellas Artes sin demasiada convicción y reparte los pedidos del wok que sostiene a su familia en Madrid. La noche en que una pelea absurda a la salida de un bar le rompe el labio y el móvil, conoce a…
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Hana Hong tiene veintiún años, estudia Bellas Artes sin demasiada convicción y reparte los pedidos del wok que sostiene a su familia en Madrid. La noche en que una pelea absurda a la salida de un bar le rompe el labio y el móvil, conoce a Ro, y el verano se convierte en algo que parece capaz de durar para siempre. Pero Hana se duerme el 31 de agosto y, al despertar, Ro no está: no ha vuelto, no se ha ido, sencillamente no existe. Nadie la recuerda, nada la prueba, y la única memoria que queda de ella cabe entera dentro de Hana.
Se llama Haneul Hong, pero eligió llamarse Hana a los doce años, después de que un colegio entero decidiera durante media infancia que su nombre era otro, más fácil de convertir en burla. Aquella elección —contada aquí con humor seco y sin autocompasión— es también una declaración de territorio: hija de padre coreano y madre española, con los ojos rasgados y verdes, Hana no quiere resolver la mezcla en un lado ni en el otro. Prefiere quedarse en el punto medio, que es el único sitio donde se reconoce.
A los veintiuno, su vida transcurre entre Moncloa y una facultad a la que llega tarde con una puntualidad casi ritual. Está Mía Lanza, la vecina del piso de arriba que se autoproclamó su mejor amiga en un autobús escolar y que desde entonces la despierta lanzándole calcetines por el patio de vecinos. Está Kyung, el hermano que heredará el negocio familiar y que la llama desde el pasillo para recordarle que un bollo industrial no es un desayuno. Están los turnos de reparto, los táperes de cerdo agridulce, un wok que empezó siendo el sueño frustrado de un restaurante coreano en el Madrid de los noventa y que tuvo que aprender a servir lo que la ciudad estaba dispuesta a pedir. Y está Álex, que no estudia nada, vive de sobrevivir y encuentra siempre la pelea que anda buscando.
Ro aparece por primera vez saliendo del baño de un bar de Argüelles: alta, rapada, capaz de frenar un puñetazo con otro puñetazo. Aparece por segunda vez sentada en el saliente de un portal cualquiera, a las tres de la mañana, después de que las dos hayan corrido calle arriba huyendo de unas sirenas que quizá ni siquiera sonaron. Le pide una calada de un cigarro manchado de sangre y se lo fuma igualmente. Lo que empieza ahí es torpe y poco elegante —un supermercado, la puerta rota de un baño, un piano electrónico, ocho plantas a las que alguien ha puesto nombre—, y esa es exactamente su forma de ser hermoso: no hay ninguna épica, solo un verano que Hana atraviesa pensando que podría no acabarse nunca.
Se acaba. Hana se duerme el 31 de agosto y despierta a un mundo del que Ro ha sido retirada por completo: no hay rastros, ni testigos, ni objetos, ni nadie que entienda de quién le está hablando. La novela plantea entonces su pregunta central, que es a la vez fantástica y muy concreta: qué le ocurre a una persona que solo existe la mitad del año, y qué le ocurre a quien la quiere y se queda sola custodiando la prueba de que estuvo ahí.
Narrada en primera persona, con un registro oral, digresivo y lleno de imágenes domésticas —una langosta en la pescadería de un Mercadona, un cargador roto convertido en cuestión de principios, las ciudades imaginadas como fichas de dominó que caerán todas juntas—, es una historia de amor entre dos chicas que también habla de nombres impuestos y nombres elegidos, de amistades que se sostienen sin explicación, de familias migrantes que se adaptan sin dejar de perseverar y del modo en que la memoria de una persona puede volverse una responsabilidad. El epígrafe de Cortázar y la dedicatoria a García Márquez señalan bien de dónde viene su forma de mezclar lo cotidiano con lo imposible sin pedirle permiso a nadie.