En la Macarska de los años sesenta, a orillas del Adriático croata, un niño callado que dibuja sin descanso y una niña incapaz de tener miedo se reconocen la primera mañana de parvulario: él se desploma al verla, ella lo despierta con un…
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En la Macarska de los años sesenta, a orillas del Adriático croata, un niño callado que dibuja sin descanso y una niña incapaz de tener miedo se reconocen la primera mañana de parvulario: él se desploma al verla, ella lo despierta con un beso. Nataša Dragnić parte de esa escena fundacional para narrar un vínculo que nace antes de que sus protagonistas tengan palabras para nombrarlo y que atraviesa la infancia como una certeza compartida, con el mar, las nubes y una roca secreta por único territorio.
Luka nace en noviembre de 1959 en un pueblo pequeño de la costa croata y llega al mundo casi en silencio, con unos ojos muy abiertos que la comadrona interpreta como su única ventana. Tres años después, en el mismo lugar, Dora nace gritando con una fuerza que hace reír a esa misma mujer. Entre ambos nacimientos ya se insinúa la simetría que gobierna toda la novela: dos temperamentos opuestos —el niño que observa, dibuja y cuenta en voz baja para calmarse; la niña que habla, recuerda todo y avanza sin miedo— destinados a completarse.
El encuentro llega en el parvulario. Luka, fascinado por la mochila de la recién llegada y por la niña que la lleva, contiene la respiración hasta desmayarse. Dora se arrodilla junto a él y lo besa en la boca antes de que ningún adulto pueda impedirlo, llamándolo su príncipe. A partir de ese instante nadie en el pueblo vuelve a verlos por separado, y nadie parece encontrarlo extraño: la comunidad entera acepta la anomalía de esa amistad desproporcionada como quien acepta el clima.
Dragnić construye la infancia de ambos con una acumulación de detalles cotidianos que funcionan como una geografía sentimental: el barco del padre y sus preguntas imposibles, los entrenamientos de waterpolo al amanecer, los helados de chocolate y de limón, las revistas de cine que Dora colecciona soñando con parecerse a las actrices, la bicicleta roja, la hermana pequeña a la que se tolera en casi todo menos en lo esencial. Porque hay dos cosas que no se comparten: las nubes que contemplan tumbados sobre el techo de una cabina, discutiendo qué figura esconde cada una, y una roca escarpada en la península de Sv. Petar, con su túnel oscuro, su pequeño pino y su cueva, que ellos consideran su casa aunque no tenga puerta ni timbre.
Bajo esa aparente placidez veraniega late una amenaza que la novela administra con paciencia. Luka piensa obsesivamente en septiembre y evita nombrarlo; sabe que algo va a terminar, y el lector lo intuye antes de que se pronuncie. También se filtran, en segundo plano, las grietas del mundo adulto: un padre que ya no besa a la madre, un terremoto que dejó casas en pie a medias, una comadrona viuda de un prometido muerto en la guerra, la discusión doméstica sobre cuál es la capital y qué significa vivir lejos de ella.
La prosa alterna capítulos breves que van pasando de una conciencia a la otra, a veces frase a frase, hasta que las voces se entrelazan en una sola respiración. Es una escritura de presente continuo, sensorial y despojada de sentimentalismo, que confía en los gestos —una mano apretada, un recuento mental hasta cinco, una lágrima negada— más que en las declaraciones. El resultado es un relato sobre la clase de amor que precede a la conciencia de estar amando, sobre la infancia entendida como un país del que se es expulsado, y sobre la persistencia de un vínculo que ni la distancia ni el tiempo consiguen desmentir del todo.
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