En el Liniers de 1983, dos hermanas que discuten por todo vuelven de misa y encuentran a su madre muerta en el sillón del comedor. Veintidós años más tarde, el hermano menor sale de la cárcel con la libertad condicional bajo el brazo y una…
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En el Liniers de 1983, dos hermanas que discuten por todo vuelven de misa y encuentran a su madre muerta en el sillón del comedor. Veintidós años más tarde, el hermano menor sale de la cárcel con la libertad condicional bajo el brazo y una lista de obligaciones que no piensa cumpler del todo. Entre ambos extremos, Fernando Adrian Mitolo arma una novela de familia, culpa y expedientes judiciales, narrada con el oído puesto en el habla del barrio porteño.
Todo empieza un jueves de marzo de 1983. Elvira y Beba Peralta, dos hermanas de mediana edad que se llevan un año y viven peleándose como perro y gato, regresan del oficio de las siete y encuentran a Úrsula Casanova, la madre, tendida en el sillón de matelassé del comedor: el televisor a todo volumen, sillas volcadas, restos de comida por el piso y un olor a vinagre que lo invade todo. La madre todavía está tibia. En el fondo del departamento, Abelardo, el hermano de treinta y ocho años, aparece tirado a medio cuerpo sobre la cama de la muerta, aturdido, incapaz de terminar una frase sobre lo que acaba de ocurrir.
La novela deja esa escena suspendida y salta a 2005. Abelardo Peralta sale del despacho del juez Caroti con una sonrisa que no le cabe en la cara: después de años de negativas, el Tribunal de Ejecución aprobó su libertad condicional. Su abogado, Di Nunzio, un hombre de portafolios desordenado y confianzas fuera de lugar, le repasa una y otra vez las reglas de conducta: domicilio registrado, asistente social, controles cada quince días y las entrevistas con la licenciada Susana Robles, la psicóloga del Equipo Técnico Asesor. Abelardo asiente y sonríe, pero por dentro sostiene otra conversación, una que no comparte con nadie y en la que la palabra vigilar vuelve una y otra vez.
A partir de ahí, el relato se abre hacia quienes deberán acompañarlo afuera. Está Caroti, el juez recién llegado que puso el juzgado patas arriba y que se enfrentó al Ministerio para ascender a su colaboradora. Está Susana Robles, profesional impecable y ambiciosa, que llega a casa con el nombramiento escondido detrás de la cintura porque su marido, Bruno Caparrós, desempleado y resentido, convierte cualquier logro ajeno en una discusión de pasillo. Ninguno de ellos sabe todavía qué clase de expediente tiene entre manos.
Mitolo trabaja con dos materiales que se tensan entre sí. Por un lado, la comedia áspera del barrio: la mercería, la peluquería de las tucumanas, las cafiaspirinas, el chocolate con almendras, los rezongos que se repiten hasta volverse una forma del cariño. Por el otro, la maquinaria fría de tribunales, con sus oficios, sus pericias y sus favores. Entre ese lenguaje familiar y ese lenguaje burocrático crece la pregunta que sostiene la novela: qué pasó realmente aquella noche de 1983, y qué queda de un hombre después de tantos años de encierro. Cabezas sucias, primera novela del autor publicada en 2016, avanza sin apuro hacia esa respuesta, dejando que el lector reúna las piezas antes de que los personajes se atrevan a nombrarlas.