Una noche helada de marzo de 1944, un hombre corre descalzo por una llanura alemana con los sabuesos pisándole los talones: de esa carrera, y de que termine mal pero no del todo, depende que exista quien la cuenta.
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Una noche helada de marzo de 1944, un hombre corre descalzo por una llanura alemana con los sabuesos pisándole los talones: de esa carrera, y de que termine mal pero no del todo, depende que exista quien la cuenta. «Cabeza de perro», de Morten Ramsland, es la crónica de una familia narrada por un nieto que reconstruye a saltos lo que los mayores prefieren callar. Entre Bergen y Odense, entre una naviera hundida por los torpedos y una casa donde el aguardiente destapa la memoria, la novela arma una saga de tres generaciones hecha de leyendas domésticas, rencores viejos y una comicidad que nunca suaviza del todo el daño.
Todo empieza con una imagen fija: Askild Eriksson, petrificado en medio de un campo arado del este de Alemania, con un zapato menos, matarratas esparcido sobre sus huellas y la sirena de un barco recordado sonándole dentro de la cabeza. Es la madrugada del 5 de marzo de 1944. Ha huido de Sachsenhausen con un amigo y se han separado para repartir el rastro entre los perros. El nieto que narra esta historia todavía no ha nacido; sus abuelos ni siquiera están prometidos. Por eso vuelve una y otra vez a esa llanura: porque allí, en un instante de vacilación absurda, se decidió su propia posibilidad de existir.
Desde ese arranque, «Cabeza de perro» se despliega hacia atrás y hacia adelante como se despliegan las historias que se cuentan de sobremesa. Hacia atrás está Bergen: la mansión blanca de los Svensson en Kalfarveien, el naviero Thorsten y sus siete barcos mercantes hundidos, la bisabuela Ellen escondiendo la cubertería de plata cuando llega la quiebra, y un jardín de abedules donde Bjørk lee bajo una manta rosa sin advertir que el hijo del piloto Eriksson la mira como fulminado. Askild es todo lo contrario del pretendiente que su familia esperaba: torpe en la mesa, elocuente sólo cuando cree que ella no lo escucha, contrabandista precoz, veterano de burdeles portuarios a los catorce años y absolutamente inepto para el amor. Bjørk se enamora de la personalidad invisible que se le escapa por las puertas entreabiertas; él, de la visible. Ese desajuste durará décadas.
En medio está la guerra, contada sin solemnidad y sin coartadas: Askild fue detenido por un negocio turbio, no por heroísmo, y en Buchenwald sobrevive administrando tabaco de colillas, paquetes robados de la Cruz Roja y una contabilidad de favores que ni él controla. Allí aparece Caratocino, el hombre al que años antes salvó de una paliza en Hamburgo y que ahora lo saca del pozo de la letrina y le mete restos de comida en la boca, por gratitud, por amor no correspondido o por puro cálculo de supervivencia.
Hacia adelante está Dinamarca, décadas después: el abuelo engordado y con bastán, que confunde una señal de tráfico con un soldado, roba cervezas en los bolsillos y responde «¿qué Knut?» cuando alguien nombra al hijo que se fue al mar. Están el padre que aún reclama una colección de monedas vendida en un bar, la abuela que guarda en el bolso una postal desde Jamaica, la tía a la que los niños llaman la Pelma, y los nietos que juegan en la nieve al «sabueso alemán» sin entender del todo qué están representando.
Ramsland cuenta todo esto con una voz que mezcla la exageración del mito familiar y la crudeza del detalle exacto. Lo que la novela pregunta, sin formularlo nunca, es qué se hereda además de los apellidos: qué parte del terror de una noche de 1944 sigue circulando, tres generaciones después, en una casa donde un perro se mea de miedo y nadie sabe muy bien por qué.