Una peluquera de treinta años, harta del interrogatorio familiar navideño, publica un anuncio buscando acompañante de mentira para las fiestas; lo que encuentra son dos hermanos mellizos y un plan que se le va de las manos.
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Una peluquera de treinta años, harta del interrogatorio familiar navideño, publica un anuncio buscando acompañante de mentira para las fiestas; lo que encuentra son dos hermanos mellizos y un plan que se le va de las manos.
Estefanía Ruiz —Fany para casi todos— tiene treinta años, una hipoteca a veinte, tres gatos, un Fiat Panda y un puesto en la peluquería de su mejor amiga, en un pueblo de la costa alicantina. También tiene, cada diciembre, la misma ronda de preguntas: por qué sigue soltera, por qué dejó a Rubén, si no será demasiado exigente. Cansada de defenderse ante treinta parientes bienintencionados, escribe un anuncio pidiendo lo único que le parece razonable: un hombre igual de harto que ella, dispuesto a firmar una tregua y sobrevivir juntos a las comidas, las cenas y los cuñados.
Su amiga Sole reescribe el texto, lo envía sin permiso y la broma deja de serlo cuando llegan las respuestas. Entre ellas destaca la de Adrián: abogado, treinta y tres años, instalado en Nueva York, con una familia numerosa que lo convierte en piñata cada Navidad y ninguna gana de dar explicaciones. Por videollamada trazan un calendario minucioso —del veinte de diciembre al seis de enero, comida a comida— como quien planifica una operación logística. El problema es que Adrián no aterriza hasta el veintidós, y los primeros compromisos son antes. La solución: su hermano mellizo, Alejandro, que se hará pasar por él dos días.
Alex llega antes que el plan. Entra en la peluquería a cortarse el pelo sin anunciarse, discute sobre modas y criterio propio, y se comporta con una aspereza que a Fany le hace hervir la sangre y, a la vez, mirar dos veces. Es profesor de equitación con niños con discapacidad, gana poco y no piensa disculparse por ello; su hermano lleva un traje que odia y una carrera que no eligió. Entre lentillas para igualar el color de los ojos, un premio recibido en una cena de gremio, una noche que termina mal y un desayuno tenso a la mañana siguiente, la farsa empieza a tener demasiadas capas: la que Fany representa ante su familia, la que los hermanos sostienen entre ellos y la que cada uno se cuenta a sí mismo.
La novela avanza con un humor de barrio muy reconocible —clientas octogenarias que dan mejores consejos que cualquier manual, amigas que envían correos por su cuenta, villancicos puestos a todo volumen como arma arrojadiza— y con una pregunta que se va endureciendo bajo la comedia: qué se hace cuando el chico perfecto y el chico imperfecto son la misma familia, cuando la razón y el corazón eligen a personas distintas, y cuando resulta que ninguno de los dos hermanos ha contado toda la verdad. Una historia sobre las mentiras pequeñas que se dicen para que nadie pregunte, y sobre el precio de sostenerlas dieciocho días seguidos.
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