Primera entrega de una serie narrativa de Juan Francisco Soto que sigue, en paralelo, la vida de dos jóvenes antes de que se crucen: una estudiante universitaria de veintitrés años que atraviesa una etapa de libertad, fiesta y desencanto…
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Primera entrega de una serie narrativa de Juan Francisco Soto que sigue, en paralelo, la vida de dos jóvenes antes de que se crucen: una estudiante universitaria de veintitrés años que atraviesa una etapa de libertad, fiesta y desencanto tras una ruptura larga, y un chico marcado desde la infancia por un hogar violento y por la decisión temprana de no repetir lo que vio en casa. Con un tono confesional y comentarios del narrador intercalados en la acción, el libro construye los cimientos emocionales de una historia de amor, sexo y aprendizaje que se anuncia como el arranque de una serie más extensa. Contiene lenguaje explícito y escenas sexuales; obra para lectores adultos.
«Primera temporada» abre la serie de Juan Francisco Soto con una estructura deliberadamente sencilla: antes de contar un encuentro, el autor prefiere contar a quiénes les ocurre. El volumen se organiza en tres bloques —ella, él y el comienzo de lo que ambos construyen— y adopta la lógica de una temporada televisiva, con la promesa explícita de continuidad y de un personaje que irá mudando de piel a lo largo de los años.
El primer bloque retrata a una joven de veintitrés años instalada en una ciudad universitaria que no eligió del todo: estudia una carrera que no era la suya, comparte piso con dos compañeras conocidas por internet y encuentra en las noches de jueves y sábado una forma de mantenerse en movimiento. Detrás de la aparente ligereza hay una biografía con grietas: unos padres que nunca formaron una familia, un padre ausente que sostuvo económicamente lo que no reconoció, una relación de cuatro años terminada por la distancia y una frase de despedida de la que ella misma acabará arrepintiéndose. El relato la sigue entre pisos compartidos, amistades nuevas y antiguas, relaciones sin nombre y una libertad que el narrador defiende y, a la vez, examina: el vacío que puede quedar cuando el deseo se agota en lo inmediato.
El segundo bloque cambia por completo de temperatura. Reconstruye la infancia de un niño criado entre el alcoholismo del padre, los gritos, los golpes y la certeza precoz de que a quien se ama no se le hace daño. Hay un colegio nuevo donde llega el acoso, unos tíos que le enseñan a plantarse, una madre que decide irse para dar a sus hijos algo mejor y una regla que él se impone y no rompe: nunca golpear primero. De ese material —la ternura terca, la sensibilidad ante la injusticia, la promesa de ser distinto a su padre— sale el hombre que después mirará a una desconocida desde el otro extremo de una barra.
El tercer movimiento es el cruce: una mirada, una sonrisa y un saludo cualquiera que el libro presenta como el punto de partida de todo lo demás. El autor advierte desde el prólogo que ella es una invención, la mujer que aún no ha llegado, y que su figura cambiará conforme el protagonista aprenda a entender los vínculos. Esa declaración convierte la novela en algo más que una crónica sentimental: es también un ejercicio sobre cómo se ama cuando todavía no se ha aprendido a quererse.
Escrito en primera persona por un narrador que interrumpe, opina y se dirige al lector, el libro alterna escenas de fiesta, sexo explícito y conversación cotidiana con reflexiones sobre el consentimiento, la libertad sexual femenina, el consumo de drogas en el ocio nocturno y las herencias familiares que se arrastran sin querer. El registro es crudo y coloquial, más cercano a la confidencia que a la novela de tesis, y asume esa rugosidad como parte de su propuesta. Pensado para lectores adultos, funciona como primera pieza de un proyecto largo, en el que estos capítulos iniciales operan sobre todo como fundación: los materiales con los que, temporada a temporada, se irá levantando el resto.
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