Un exdetective de homicidios, retirado a la fuerza en un pueblo de la Alpujarra tras perder su carrera por las adicciones, recupera la licencia como investigador privado justo cuando aparecen los restos mutilados de una joven en un camión…
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Un exdetective de homicidios, retirado a la fuerza en un pueblo de la Alpujarra tras perder su carrera por las adicciones, recupera la licencia como investigador privado justo cuando aparecen los restos mutilados de una joven en un camión frigorífico. Lo que empieza como el encargo discreto de una mujer que teme lo peor de su marido lo arrastra hacia una trama de mataderos, empresas de transporte, redes ocultas y un símbolo recurrente que apunta mucho más arriba de lo que nadie quiere admitir.
Dani Carcosa vive en Capileira, el pueblo donde nació, con la sensación de estar cumpliendo condena. Fue inspector jefe de criminalística hasta que el alcohol y la cocaína le costaron el puesto y le ofrecieron una dimisión “digna” en lugar de un expediente. Desde entonces sobrevive con la pensión de viudedad de Elena, su pareja, entre chimeneas encendidas, montañas nevadas y vecinos que, según él, vigilan su recaída con más interés que su recuperación. Siete meses limpio y un libro de memorias que ninguna editorial quiso publicar lo empujan a una única salida: pedir la licencia de detective privado y abrir oficina en Granada, pese al miedo de Elena a que la ciudad reabra viejas puertas.
Los primeros meses son los que esperaba: infidelidades, sospechas sin fundamento, bajas laborales fingidas. Hasta que en febrero llama Gertrudis, una mujer mayor en silla de ruedas que vive en una finca amurallada y no busca pruebas de un engaño, sino algo mucho peor: saber si su marido, dueño de una gran empresa de transporte nacional e internacional, tiene relación con el cuerpo de una joven hallado dentro de uno de sus camiones frigoríficos. La escena inicial ya la conocemos: un ladrón de poca monta forzó las puertas del remolque buscando carne y encontró una caja de madera clavada cuyo contenido lo hizo salir corriendo hacia los focos azules de una patrulla.
En el depósito de cadáveres, con la ayuda a regañadientes de un joven inspector que se juega el puesto por dejarlo entrar, Carcosa lee el cuerpo como quien lee un texto. Los cortes limpios, los huesos descarnados, la cabeza rasurada, la dirección de cada tajo: cada detalle acota al autor —zurdo, metódico, con acceso a un horno industrial— y descarta la explicación fácil. El matarife que cargó el camión ha desaparecido y carga con todas las sospechas, pero su perfil no encaja con la escenografía del crimen, y en el suelo helado del frigorífico aparecen restos vegetales y una marca casi invisible en la caja: un búho en posición de ataque dentro de un triángulo.
A partir de ahí, la investigación se abre en tres movimientos. El primero recorre el mundo material del caso —el matadero, la empresa de transportes, los locales, las cuentas, los cuerpos que aparecen y los que nadie reclama— y va cerrando un cerco que también empieza a cerrarse sobre el propio detective. El segundo lo aleja del expediente policial y lo lleva tras el rastro de un objeto y de una simbología que atraviesan casas de campo, logias y silencios heredados. El tercero recoge las consecuencias: informes, cartas y el vértice de una estructura que explica, hacia atrás, todo lo demás.
Contada en primera persona por un narrador tan lúcido para leer una escena del crimen como incapaz de leerse a sí mismo, la novela combina el procedimental clásico —autopsias, huellas, interrogatorios, la paciencia de tocar todas las puertas— con un thriller de conspiración que crece de lo local a lo institucional. El escenario andaluz, de la Alpujarra a Granada y sus alrededores, funciona como algo más que decorado: es el mapa de un hombre que intenta reconstruirse mientras persigue a alguien que se ha propuesto lo contrario. La cita de Nietzsche que abre el libro no es un adorno; anuncia la verdadera pregunta de la trama, que no es solo quién mató a la chica del camión, sino cuánto puede acercarse Carcosa al abismo sin que el abismo se quede con él.
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