Diecinueve mujeres de la República Democrática Alemana toman la palabra y cuentan, sin intermediarios visibles, cómo viven el trabajo, el deseo, la maternidad, el matrimonio y los límites de una sociedad que prometía haberlas emancipado.
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Diecinueve mujeres de la República Democrática Alemana toman la palabra y cuentan, sin intermediarios visibles, cómo viven el trabajo, el deseo, la maternidad, el matrimonio y los límites de una sociedad que prometía haberlas emancipado. Reunidos por Maxie Wander a partir de horas de grabaciones que después trabajó con oído literario, estos monólogos —una secretaria, una maestra, adolescentes, una anciana de noventa años— no ilustran una tesis: exponen vidas concretas, contradictorias y llenas de humor. Publicado en 1977, poco antes de la muerte de su autora, el libro se convirtió en un fenómeno a ambos lados del Muro y sigue leyéndose como una defensa del valor de contarse y de escuchar.
Un magnetófono sobre la mesa, una conversación que se alarga, una confianza que se gana despacio: de ese procedimiento aparentemente modesto nació uno de los libros más leídos y más queridos de la literatura alemana de los años setenta. Maxie Wander recorrió durante meses las cocinas, los talleres y las salas de estar de la RDA para preguntar a mujeres muy distintas entre sí cómo era, exactamente, su vida. No buscó casos ejemplares ni una muestra estadística; le bastaba con que quien tenía enfrente sintiera el deseo o el coraje de hablar de sí misma.
El resultado es un coro de voces que se niega a la moraleja. Una secretaria de treinta y dos años describe un matrimonio construido sobre pactos sucesivos y defiende, con una franqueza desarmante, su derecho a irse y a volver; una maestra de primaria mide el desgaste de una vocación a la que se le exige más que a ninguna otra; una adolescente admite sin dramatismo su deseo; una nonagenaria sigue contando sus oportunidades. Hablan del cuerpo y del placer con una naturalidad que escandalizó a unos y liberó a otras, pero también del trabajo mal organizado, de los jefes que confunden la justicia con la crueldad, de la burocracia que sustituye la responsabilidad por el papel, del pasado nazi que nadie quiso heredar y de las formas cotidianas de la cobardía colectiva. La emancipación que asoma en estas páginas no es un decreto cumplido: es un terreno sin explorar, lleno de conquistas reales y de agotamiento igual de real.
Lo que distingue al libro no es tanto lo que se cuenta como el modo en que suena. Wander no transcribió: seleccionó, reordenó, insertó giros orales, empujó cada testimonio hasta convertirlo en un personaje con ritmo propio y con finales que sorprenden. De ahí que estas páginas se lean como literatura y no como documentación, y que hayan anticipado toda una manera de trabajar —la que años después reconocería el Nobel a Svetlana Aleksiévich— consistente en dejar que la experiencia ajena encuentre su forma sin ser domesticada por una tesis.
El volumen incluye un prólogo que sitúa la obra y a su autora: la vienesa Elfriede Brunner, hija de una familia obrera y comunista, que no terminó la escuela, se instaló en la Alemania del Este junto al escritor Fred Wander, superviviente de los campos, sobrevivió a la muerte de una hija y escribió este libro mientras avanzaba el cáncer que la mataría en noviembre de 1977, a los cuarenta y cuatro años. Apenas alcanzó a ver su repercusión: decenas de miles de ejemplares vendidos en un año, una adaptación teatral multitudinaria y cartas diarias de lectoras que le agradecían haberles cambiado la vida.
Cuatro décadas y un país desaparecido después, el mensaje conserva un filo inesperado. Las ataduras ya no son las de una dictadura envejecida, pero la invitación sigue siendo la misma: dudar, preguntar, contarse con exactitud y escuchar de verdad a quien tenemos delante.