Un atropello con fuga en una esquina cualquiera basta para que la vida ordenada de un agente de policía empiece a agrietarse. Mientras el expediente de la señora Díaz se archiva por falta de pruebas, Marcus reconoce en esa muerte anónima…
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Un atropello con fuga en una esquina cualquiera basta para que la vida ordenada de un agente de policía empiece a agrietarse. Mientras el expediente de la señora Díaz se archiva por falta de pruebas, Marcus reconoce en esa muerte anónima el eco de algo que lleva años intentando enterrar. En paralelo, Alex, un chico a punto de cumplir dieciocho años que vive con un tío al que apenas considera familia, cruza la puerta equivocada en busca de mil euros y descubre que hay deudas que no se pagan con dinero. Novela negra de tensión contenida, «Buena suerte» avanza por dos caminos que se buscan sin saberlo, con la culpa y su castigo como único destino posible.
Hay muertes que ocupan una línea en un atestado y desaparecen del mundo en cuanto el servicio de limpieza echa serrín sobre el asfalto. La señora Díaz —setenta y un años, viuda, dos nietos, una bolsa de verdura para la menestra— es una de ellas: atropello con fuga, testigos que no coinciden ni en el color del coche, caso archivado una semana después. Para casi todos es la anécdota que animará la cena de esa noche. Para Marcus, el agente que llega diecinueve minutos tarde y vomita junto al coche patrulla, es otra cosa: la profanación de una tumba interior que creía sellada.
Manuel Benet Navarro construye desde esa primera escena una novela negra de temperatura baja y presión creciente, más interesada en lo que se pudre bajo la superficie que en la mecánica de la investigación. Marcus vuelve a casa con la certeza de que ha empezado una cuenta atrás, bebe vino que le recuerda a la sangre, discute con su mujer Valeria por inercia y comprende que querer olvidar no es olvidar: es grabar el recuerdo más hondo cada vez. Su compañero Miguel, en cambio, se lleva el cansancio a casa como quien se quita el uniforme, sin sospechar lo que allí lo espera.
Porque en esa casa vive Alex, sobrino a quien Miguel acogió hace año y medio y que todavía no se atreve a llamarlo tío. Un chico de diecisiete años que distingue con precisión quirúrgica entre «casa» y «hogar», que pide mil euros para una moto y encaja la negativa como quien ya contaba con ella, porque necesitaba poder decirse que al menos lo pidió. La alternativa es una dirección que le pasaron en el gimnasio: un piso con las ventanas tapiadas con cartones, una bombilla desnuda, un sofá hundido y Anna, una prestamista que lo llama «cielo» mientras le explica, con una amabilidad que corta, que no piensa darle ese dinero. Le ofrecerá algo peor: un trabajo. Unas horas, poca cosa, sin deuda que devolver. Un trato que ya está cerrado antes de que Alex tenga ocasión de aceptarlo.
A partir de ahí, el relato alterna dos derivas que se aproximan sin tocarse: la de un hombre que espera el impacto al final de la pendiente y la de un adolescente que acaba de entrar en un negocio donde la confianza es la moneda y el impago se cobra en huesos. Con prosa seca, ironía fría y una atención casi forense a los gestos mínimos —un cigarro apagado con meticulosidad, una lata de cerveza negociada, una mirada por el retrovisor—, la novela pregunta cuánto tiempo puede alguien seguir dentro de la olla mientras el agua sube grado a grado. El verso de Durrell que la abre no es un adorno: la culpa se apresura hacia su complemento, el castigo, y solo allí encuentra satisfacción.