Un barco cruza el Pacífico a comienzos del siglo XX cargado de mujeres japonesas que viajan a California para casarse con hombres que sólo conocen por una fotografía y unas cartas.
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Un barco cruza el Pacífico a comienzos del siglo XX cargado de mujeres japonesas que viajan a California para casarse con hombres que sólo conocen por una fotografía y unas cartas. Contado por un "nosotras" coral, el relato recorre la travesía, la noche de bodas, el desembarco y el trabajo agotador en los campos de un país que no las esperaba como prometían. De la esperanza al desengaño, una crónica íntima de mujeres que aprenden a existir en el margen.
Antes de conocer sus nombres, las mujeres que viajan en tercera clase comparan las fotografías de sus maridos: hombres jóvenes, bien vestidos, de pie junto a automóviles y casas de madera. Vienen de Kioto y de Nara, de aldeas de montaña donde nunca vieron el mar y de puertos donde el mar se llevó a un padre o a un hermano. Algunas tienen doce años, otras treinta y siete. Todas cruzan el océano para casarse con desconocidos en América, convencidas de que allí las mujeres no trabajan la tierra y sobra el arroz.
La voz que narra es un plural sin protagonista: un “nosotras” que suma decenas de vidas en la misma frase y se abre, de pronto, a una frase suelta en cursiva —una confesión, un consejo materno, un recuerdo— antes de volver al coro. Ese procedimiento da al libro su forma de letanía y su fuerza acumulativa: cada afirmación general arrastra su excepción, cada destino compartido esconde uno distinto. En la bodega se cuentan secretos que jamás dirán a sus maridos: una hija dejada atrás, un padre desaparecido, un amor imposible en un puente bajo la lluvia.
La llegada deshace la promesa. Las fotografías tenían veinte años; las cartas las habían escrito calígrafos profesionales. Los banqueros y hoteleros resultan jornaleros de manos ásperas. La noche de bodas se despliega como un inventario despiadado de todo lo que puede ocurrirle a un cuerpo, con ternura y con violencia, y después vienen los campos de Watsonville, Fresno y el delta: los barracones, los gallineros, los colchones con pulgas, las primeras palabras aprendidas en inglés —agua, arre, para— que para algunas serán las únicas en cincuenta años.
Sobre todo ello pesa el consejo que se transmiten unas a otras: sé humilde, no mires fijamente, no digas nada; ahora perteneces al mundo invisible. El texto convierte esa invisibilidad en su materia, y deja caer, casi al pasar, que una de ellas venía de Hiroshima.
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