En una colonia de artistas junto al mar, una mujer que cada noche buscaba la soledad de la playa aparece muerta al amanecer con un pincel clavado en el pecho.
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En una colonia de artistas junto al mar, una mujer que cada noche buscaba la soledad de la playa aparece muerta al amanecer con un pincel clavado en el pecho. Perla DuBois había pasado la velada burlándose de sus vecinos con retratos pintados en sus espaldas, y esa broma dejó tras de sí más rencores de los que nadie quiso admitir. El jefe de policía de Bayhead, poco acostumbrado a los delitos de sangre, deberá averiguar cuál de aquellas envidias llegó hasta el crimen.
Hay una playa, un faro que araña la noche y una fiesta que no termina. En esa franja de arena, a unas pocas yardas de la música y del whisky, transcurre la novela: una colonia de artistas donde casi nadie pinta, casi nadie crea y todos fingen. Perla DuBois, esposa del anfitrión y única con verdadero talento entre los presentes, ha convertido su paseo nocturno junto al mar en una forma de huida. Del ruido, de la vanidad, de las conversaciones intrascendentes y de quienes la desean sin quererla. Una de esas noches no vuelve.
La historia arranca por el final: alguien la sigue sobre la arena húmeda, ella reconoce a su perseguidor y alcanza a pronunciar una sola palabra antes de que un objeto largo y estrecho le atraviese el pecho. Solo después el relato retrocede hasta la cena que precedió al asesinato, y allí el lector descubre la mecha. Perla, con su caja de pinturas y una puntería cruel, ha decorado las espaldas de sus invitados: un diablo pelirrojo idéntico a McMara, la cara deformada de Alice May sobre los hombros de su propio marido y, en la espalda de la modelo, un payaso gigantesco con el rostro de Charles DuBois. La broma sería inofensiva si el mar la borrase. Pero una de las pinturas está hecha para no borrarse nunca, y el ridículo prende en quienes menos saben perdonarlo.
Alrededor de esa humillación se ordena el elenco de sospechosos. McMara, el irlandés pelirrojo que bebe como una esponja y arrastra la herida de un deseo rechazado una y otra vez. Alice May, modelo opulenta y orgullosa, que aquella noche mira con un odio que hasta un borracho es capaz de reconocer. Charles DuBois, marido incómodo, pintor de modelos sucesivas, que advierte a su mujer que cualquier día tendrá un disgusto. Y en los márgenes, la negra Eva, la rubia Didí Lee, el grandullón Morris, una chica pecosa: gente que baila, bebe y se ama con la misma indiferencia con la que dejará de mirar cuando se cometa el crimen.
Cuando amanece y aparece el cadáver acariciado por el agua, entra en escena O’Brien, jefe de la policía local de una localidad donde nunca ha pasado nada. Sus dotes deductivas llevan años enmoheciéndose por falta de uso y ni siquiera está seguro de haberlas tenido alguna vez. Frente a testigos que sugieren un suicidio, un merodeador de playa o cualquier hipótesis que aleje la sospecha de sí mismos, deberá sostener lo único incontestable: un pincel clavado en un pecho no lo pone allí el azar.
Escrita con frases breves, diálogo tenso y una atmósfera de calor, alcohol y desidia moral, la novela pertenece a la mejor tradición del policiaco popular: el misterio de puertas cerradas trasladado a un escenario abierto donde el verdadero encierro es social. Nadie puede irse porque todos se necesitan; nadie confiesa porque todos tienen algo que ocultar. Y sobre el mar en calma, la luz del faro sigue girando, indiferente al asesino que camina entre los invitados.
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