Un físico brillante y expulsado de la universidad persigue una idea que parecía imposible: mover cosas —y personas— de un punto a otro sin recorrer el trayecto.
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Un físico brillante y expulsado de la universidad persigue una idea que parecía imposible: mover cosas —y personas— de un punto a otro sin recorrer el trayecto. Entre tertulias, amistades y fracasos meticulosamente anotados, Bruno Morán encuentra en los neutrinos y en la estructura íntima de lo vivo la clave de un experimento destinado a cambiarlo todo.
Todo comienza con un reencuentro casual frente al aparador de una librería. Bruno Morán, estudiante de física de melena indócil, se topa con Bernardo Sierra, el amigo de la escuela en quien siempre pudo confiar, y decide contarle lo que casi nadie sabe: ha conseguido teletransportar seres vivos y, quizá, a una persona. Lo que sigue es una larga conversación ante dos cafés, que avanza de la incredulidad al asombro y que se convierte en el hilo del que cuelga la novela entera.
Bruno insiste en que no se trata de desaparecer y reaparecer, sino de descomponerse, atravesar el aire y la materia a una velocidad vertiginosa y recomponerse en otro sitio sin que nadie lo advierta. Describe el trayecto con una precisión inquietante —el cambio de temperatura y de presión, los sonidos que golpean, la sed, el miedo a perder el propio yo— y sostiene que el mayor obstáculo no es técnico sino de temple: hace falta preparación y autocontrol para no desmayarse ni enloquecer al llegar.
La historia retrocede entonces a su origen, guiada por un narrador que interrumpe sin disimulo, se disculpa, se desvía y confiesa que a ratos no entiende del todo lo que sus personajes calculan. Bruno es expulsado de la clase de un profesor anquilosado y encuentra refugio en el laboratorio de Jerónimo, coordinador desaliñado y lúcido a quien la facultad nunca tomó en serio. Junto a Andrea, estudiante de física de ideas luminosas, forman el núcleo de un proyecto que nace de una molestia común y cotidiana: la hartura de perder la vida en el tránsito.
Buena parte del pensamiento del libro ocurre alrededor de una mesa. En un departamento adosado a una biblioteca pública —hogar de la tía Gertrudis y de una habitación llena de relojes desincronizados que marcan las horas en cascada— se reúnen filósofos, músicos, una lectora insaciable y un físico convertido en sacerdote, el padre Iñaki, capaz de saltar de la cosmología contemporánea a la teología sin cambiar de tono. De esas veladas sale la intuición decisiva: un ser vivo no es un enjambre de átomos, sino una estructura, un plano interior que lo mantiene unido y actuando. Lo que hay que enviar no es la materia; es la información.
De ahí en adelante el problema se vuelve concreto y fascinante. Si los neutrinos atraviesan la Tierra sin detenerse, podrían cargar —o mejor, encargarse de— los planos de aquello que se quiere transportar, para que en el destino la energía del ambiente se reordene en la forma exacta que llegó descrita. Falta resolver de dónde salen y cómo se encauza lo que nada detiene, y la respuesta llega en forma de embudo electromagnético, helio líquido y una obra silenciosa a las afueras de la ciudad, financiada por un magnate de las telecomunicaciones al que una lectora conquistó con la sencillez de su conversación.
Entre el humor de la amistad, la ironía sobre la academia y la política, y una divulgación científica que se explica “con palitos y manzanas”, la novela construye una aventura de ideas donde el descubrimiento pesa tanto como la gente que lo hace posible. Y sobre todo flota una pregunta que Bruno aún no responde: qué ocurrió la noche anterior, ese suceso que lo empujó a romper el sigilo y a buscar a un viejo amigo para poner en orden lo que ha desatado.
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