Un brujo errante y su joven aprendiza cruzan bosques nevados y peligrosos hacia la corte de un rey enano, donde un encargo inesperado —llevar consigo al hijo del monarca— cambia el rumbo de su viaje en vísperas de una guerra.
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Un brujo errante y su joven aprendiza cruzan bosques nevados y peligrosos hacia la corte de un rey enano, donde un encargo inesperado —llevar consigo al hijo del monarca— cambia el rumbo de su viaje en vísperas de una guerra.
En el norte helado del Reino de las Montañas Nevadas, junto a una hoguera encendida en el Bosque Rojo, un brujo nómada y su aprendiza descansan antes de retomar el camino. Él es Miqueas Thomas, uno de los grandes maestros de estas tierras, hombre de pocas palabras y larga memoria de batallas que prefiere no recordar. Ella es Azahara, dieciocho años, voz para las canciones, mano firme para la espada y la varita, y una ambición muy concreta: que la admitan en la Casa de los Pergaminos, el lugar sagrado donde los enanos más sabios custodian libros, leyendas y tradiciones. Entre ambos existe la vieja tradición del maestro y el discípulo: años de enseñanza, obediencia y roce cotidiano hasta la mayoría de edad.
El viaje no es un trámite. Moverse de un reino a otro es peligroso: los orcos salvajes acechan en los caminos, los bosques tienen fama de malditos y el lobo blanco que acompaña al brujo suele ser lo único que separa a los viajeros de una emboscada. La ruta los lleva hasta la ciudad del Gran Rey enano Gisli, viejo amigo de Miqueas, donde un banquete de hidromiel, vino y cantos revela con crudeza las líneas de fractura del mundo: enanos que desconfían de los humanos, humanos que sirven en palacio, mujeres a las que se les niega la mesa, y una guerra que se aproxima. Mientras Azahara defiende su lugar entre bebedores ruidosos y trata en vano de que alguien escuche su petición, el rey le pide al brujo algo que no admite negativa: que se lleve consigo a su hijo mayor, Ivar, para que aprenda de un gran maestro y se convierta en guerrero.
Así, un trío improbable —el maestro reservado, la aprendiza inconforme y el joven príncipe enano que no sabe montar a caballo— se interna en el Bosque de los Malditos rumbo a la ciudad del Cielo de los Caídos, donde un regidor reclama ayuda. El camino es incómodo, tenso y a ratos cómico, pero también es el escenario donde se templan las lealtades: hechizos y hachas contra los bramidos de los orcos, discusiones sobre responsabilidad y poder, promesas que quizá nadie pueda cumplir.
Enmarcada como la adaptación de los escritos del cronista Ivar el Sabio —el primer enano en componer una enciclopedia—, la novela se abre con un aparato de prólogo, notas históricas, lenguas comunes y retratos de personajes que sitúan la acción en el otoño de 1549, justo cuando empieza la Época Oscura y los grandes reyes humanos del sur se alzan contra los reyes enanos del norte. El resultado es una aventura de brujos y brujas con sabor a crónica antigua: caminos, hogueras, canciones de taberna y la certeza de que el don mágico pesa tanto como obliga.