Narrada por una mujer inmortal que a lo largo de los siglos ha respondido a muchos nombres, aunque ninguno la defina como el que le dio la Edad Media —Bruja—, esta novela erótica recorre su memoria en forma de cuaderno de bitácora.
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Narrada por una mujer inmortal que a lo largo de los siglos ha respondido a muchos nombres, aunque ninguno la defina como el que le dio la Edad Media —Bruja—, esta novela erótica recorre su memoria en forma de cuaderno de bitácora. Del Chicago helado de 1930, con la Gran Depresión mordiendo las calles y el jazz como única forma de calor, al Londres portuario de 1881 donde ejerce de adivina entre muelles y crédulos, la protagonista encadena encuentros que son a la vez deseo, aprendizaje y desquite. Su prosa, cargada de referencias mitológicas y literarias, convierte cada episodio amoroso en un alegato contra la moral que separa a las santas de las putas.
«Bruja», de Matías Argumánez, se abre con un prólogo que funciona como declaración de intenciones: una voz femenina invoca a Venus, Lilith, Astarté y María Magdalena para reivindicar el derecho de una mujer a ejercer de sí misma. Esa voz —la narradora, una inmortal que atraviesa siglos y ciudades— advierte a quien la lea que no busca justificar oficio alguno, sino interrogar la hipocresía de quienes condenan en público lo que consumen en privado. Su relato se ordena en capítulos que llevan nombre de musa (Terpsícore, Euterpe) y se abren con citas de «Las mil y una noches», guiño explícito a la tradición de la narradora que sobrevive contando.
El primer episodio la sitúa en el Chicago de enero de 1930, sin techo ni dinero después del desplome de Wall Street, saliendo de un concierto de jazz hacia el apartamento de Karen, la amiga mayor a la que se negaba a mirar como mujer. Lo que empieza como refugio de una noche de frío —café malo, una estufa sin leña, libros haciendo de sillas— deriva en un encuentro amoroso que el libro narra con una escritura deliberadamente musical: la improvisación, el «tocar fuera», la partitura sin compás sirven de imagen para un deseo que se descubre sobre la marcha. La mañana siguiente trae la lección más dura y más lúcida del capítulo: Karen la echa a la calle sin dramatismo, defendiendo un modo de querer sin programa ni propiedad. De ahí en adelante lo que las une, dice la narradora, no será exactamente amor, sino jazz: encuentros sin cita previa en los tugurios clandestinos de Gold Coast.
El segundo capítulo retrocede a 1881. Instalada cerca de los muelles de Londres como sibila, la protagonista lee futuros en una bola de cristal que sabe falsa, y aprende que la atención de sus clientes se secuestra con las manos y con la mirada. Allí conoce a George, un joven recién salido de Oxford que encuentra en ella el antídoto —y el veneno— de su vocación poética. La relación se cuenta a través de las cartas y poemas de él, cada vez más febriles y más amargos, hasta un texto final clavado con un puñal en la puerta de una taberna: un bando contra las mujeres que leen, hablan, desobedecen y se niegan a ser decentes, que la narradora interpreta como la última canción de amor de un hombre que no supo sobrevivirla.
A través de estos dos escenarios, la novela construye una figura que no es víctima ni monstruo: una mujer que ha convertido su longevidad en archivo, guarda su eternidad en un zurrón de piel heredado «de todas sus abuelas» y sabe que no poder morir es una crueldad más que un privilegio. Entre la evocación histórica, la digresión ensayística y una erótica de imaginería intensamente metafórica —cuerpos leídos como geografías, imperios, instrumentos—, «Bruja» propone menos una trama que un testimonio: el de alguien que prefiere escribir su leyenda antes que ser descrita por otros.