Alex Marché lleva casi dos décadas fotografiando a la gente más guapa de Los Ángeles y ha aprendido, sesión tras sesión, lo poco que la belleza tiene que ver con el carácter. Por eso mantiene una regla firme: nunca salir con un actor.
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Alex Marché lleva casi dos décadas fotografiando a la gente más guapa de Los Ángeles y ha aprendido, sesión tras sesión, lo poco que la belleza tiene que ver con el carácter. Por eso mantiene una regla firme: nunca salir con un actor. Cuando una sesión nocturna la enfrenta a Marco Flores —modelo de veintinueve años convertido en la nueva promesa de Hollywood— la regla empieza a incomodarle. Él pide expresamente que sea ella quien lo retrate para un reportaje de portada, un encargo que terminará llevándolos hasta su isla natal en las Galápagos. Entre destellos de flash, sarcasmo profesional y una atracción que Alex se niega a nombrar, la novela pregunta hasta qué punto conviene romper las propias normas.
Faltan minutos para la medianoche y Alex Marché lleva horas esperando en un estudio helado a que aparezca el talento. A los treinta y siete años, fotógrafa de entretenimiento veterana en un oficio que antes era de unos pocos y hoy es de cualquiera con una cámara, ha aprendido a sonreír con los dientes apretados, a halagar egos frágiles y a hacer que todo el mundo luzca espléndido, incluso quienes se comportan de forma detestable. Su uniforme —vaqueros, camiseta sin mangas, zapatos para correr, coleta— es una forma de armadura: no compite con nadie, no amenaza a nadie, y por eso trabaja.
Esa noche fotografía a una actriz de reputación imposible y a su coprotagonista, un ecuatoriano de veintinueve años al que un director descubrió haciendo de guía turístico en las Galápagos. Marco Flores llegó a Estados Unidos sin inglés ni formación actoral, pero con un carisma que lo convirtió primero en modelo omnipresente y después en el nombre del momento. Alex espera arrogancia; encuentra a alguien que llega sin séquito, que agradece al equipo y que la mira a los ojos al saludarla. Contra su propio criterio, se sonroja.
Lo que sigue no es una seducción de manual sino una negociación privada. Alex conoce el oficio: los actores encantan porque encantar es su trabajo, y ella ha visto suficientes coqueteos de plató como para descontarlos. Marco, sin embargo, insiste con gestos concretos —pide que sea ella la fotógrafa de un reportaje de portada, la busca fuera de cuadro, sostiene sus frases un segundo de más— y esa insistencia obliga a Alex a distinguir entre lo que teme y lo que desea.
El encargo tiene un precio que la novela no minimiza. La segunda parte del reportaje transcurre en la isla donde Marco creció, y llegar hasta allí exige una avioneta: exactamente el vehículo en el que Alex perdió a sus padres a los dieciséis años. Decir que no sería profesionalmente suicida en una industria pequeña y rencorosa; decir que sí significa subirse a su propio duelo.
Alrededor de ese eje, el relato construye un retrato de la vida real de Alex: la casa llena de perros y gatos callejeros que la han elegido como refugio, la representante que es también amiga, y Jesús, el asistente al que conoció adolescente en un taller de arte para jóvenes en riesgo y a quien contrató por talento y no por caridad, hoy su lealtad más firme. Son los vínculos que ella sí escogió, y el contraste con el mundo de agentes, publicistas y monitores que alimentan inseguridades resulta deliberado.
Escrita con humor seco y una mirada informada sobre los mecanismos de Hollywood —lo que la cámara añade, lo que el maquillaje esconde, quién manda de verdad en un set—, la novela avanza hacia una pregunta sencilla y difícil: si la regla existía para protegerla, ¿qué queda cuando la protección empieza a parecerse a una jaula? A medida que la relación crece, también lo hacen las complicaciones propias de salir con alguien cuya vida ocurre en público.